sábado, 16 de diciembre de 2017

Borrell y la desinfección que viene

Miserable Borrell. Declaró que si solo viera TV3 él también sería independentista. Su argumento es absurdo (y siendo un hombre inteligente no es inocente, sabe que manipula), primero porque el independentismo en Cataluña supera más del 40% y TV3 no llega ni al 15% de espectadores. En segundo lugar, admitiéndole que esté escorada hacia el independentismo, se olvida de que en Cataluña más del 80% de la población ve las unionistas la 1, A3, Cuatro, T5 o La Sexta, emisores donde el predominio del españolismo es apabullante. O sea, la voz unionista es ampliamente mayoritaria en el espectro mediático catalán y casi unánime en el resto del estado. Hace referencia Borrell  a la necesidad de, empezando por los medios públicos catalanes, desinfectar el cuerpo social catalán, foco de enfermedad en un país moralmente “sanísimo” donde gobierna el ínclito M. Rajoy, líder de ese ente corrupto lleno de pus (y votos, no lo olvidemos) llamado Partido Popular. Y el cuerpo enfermo, poseído, es Cataluña, el que necesita ser hundido en la pila del agua bendita que purgue toda su podredumbre separatista, aquel donde unos extraños políticos han acabado encarcelados o en el exilio por intentar cumplir el programa electoral que les otorgó mayoría. Está fracturado el esqueleto social catalán, dicen estos médicos de vocación sepulturera que prefieren a la inane y zombificada sociedad española, ésta sí, absolutamente adoctrinada en un patriotismo que nada sabe de derechos y  que en sus expresiones carceleras (“Puigdemont a prisión”), agresivas (“a por ellos”)  o cutres (“la puta de la cabra”) huele a ese fascismo español que llamamos Franquismo.

No deja de sorprenderme (mi familia dice que siempre estoy sorprendiéndome) que el independentismo no tenga el 60 ó 70 por ciento de simpatías en Cataluña. El principal motivo es que yo no querría estar ni cinco minutos en compañía de una gente, el español común, profundamente codigopenalista (para que usar la razón si tengo una ley a mano que me quita el trabajo), que mayoritariamente, y no exagero, me detesta. Sé que decir esto es políticamente muy incorrecto, pero la persona común, el envenenado por la dosis diaria de anarrosas o grisos o las dosis más suaves, más elaboradas, de los ferreras, si pudieran se quedaban con el solar y repoblaban el territorio con otra “especie” menos levantisca.

Para desinfectar la sociedad catalana nada mejor que “la que se avecina”. Algo que, si se produce, hará estremecerse de gozo al tipo que con el disfrute de la extrema derecha y la aquiescencia del centro derecha (PSOE) seguirá habitando el Valle de los Caídos: una Causa General contra el independentismo que, como la que en 1940 impulso Franco contra la España Roja, ponga en la picota a todo el movimiento soberanista. Pasarán ante los jueces, con mayor o menor grado de implicación, centenares de personas. Y el proceso durará años. Y quizás se arrepentirán de la duda, de no hacer efectiva la independencia cuando, a inicios de octubre, el estado español estaba grogui ante la realización de un referéndum cuya puesta en práctica, con cierta altanería, tachaba de imposible. Puestos a ser acusados de rebelión violenta, aunque sea pacíficamente, rebélate.

La única esperanza, quizás, de parar la acción ejemplarizante que está en marcha y que probablemente se intensifique tras el 21 de diciembre, está en el propio 21 de diciembre. Sólo un resultado espectacular del independentismo podría hacer titubear a la maquina represiva del estado. Pero el miedo siempre es una poderosa herramienta para el poder. No soy optimista. El “coco” de las empresas que huyen despavoridas, la cárcel o la simple melancolía de la imposibilidad de lograr tus objetivos, de que tus ideas estén condenadas al territorio de los sueños, puede abrirle el camino, decaimiento independentista mediante, al borreliano equipo de desinfección.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El horno, el fascismo y siempre… la dignidad


Del tripartito que aspira a gobernar Cataluña, el PPSOEC,s, nada digno espero. Son derecha pura y dura. El cinturón de hierro del sistema monárquico. Interpretan sus papeles con mejor o peor convicción y logran que dos tercios o más de los votantes introduzcan en la urna la papeleta de alguno de ellos. Después esos electores vuelven a casa y con mansedumbre asisten a la masacre sostenida de sus derechos, al gobierno de un partido corrupto, felices y contentos de vivir en una democracia que les da la opción de elegir quién incumplirá su programa electoral durante los próximos cuatro años. Visto lo ocurrido en Cataluña, es casi lo mejor, pues parece que el cumplimiento de ese programa puede traerte graves consecuencias penales. Extraño estado ese ente antiguo, que solicita cadenas o prisiones, llamado España. Triste destino el de Oriol, con esos ademanes un tanto cardenalicios, apelando siempre a la no violencia, se ve confinado en prisión por ser, según el juez, una bomba andante, el peligro hecho hombre de un estallido violento. El juez se lo insinúa en su auto: desactívese Oriol, abandone su afán de que haya una explosión que llene de república Cataluña y podrá volver a su cómodo hogar y tendrá toda la “libertad de soñar” (que eso, el ensimismamiento soñador, ha estado permitido siempre), en la intimidad de su hogar mientras juega con sus pequeños vástagos, con una Cataluña republicana en la que no exista un tribunal constitucional que tumbe, una tras otra, todas las leyes de carácter social (15) aprobadas por un Parlament que se creyó soberano. Le faltó al juez advertirle, Oriol, del incierto sino de Puigdemont, condenado a la grisura libre de Bruselas o a la grisura soleada de un apart-penal español.
Como casi siempre me pasa, mis textos, tan o más erráticos que yo, se toman grandes libertades. Siempre les advierto: cuidadín que no está el horno para bollos. Ellos son hijos valientes, pero yo soy un padre cobarde. Un ejemplo: el año pasado me trajo mi hijo de carne y hueso, a estas ínsulas africanas, tras un viaje a Barcelona, cumpliendo un encargo mío (él es un muchacho de orden señor juez, aquí, en Canarias, gracias a la constitución y a la sobresaturación de grandes áreas comerciales en las que somos líderes afroeuropeos, la población está libre de todo adoctrinamiento ideológico), una estelada. Como íntima solidaridad con los alzados catalanes la tengo extendida sobre una parte de la librería en el pequeño cuarto de estudio donde ahora tecleo. Mucho he pensado en desplegarla en mi balcón. Incluso lo consulté, delicioso almuerzo mediante, con un querido amigo. Serio, probablemente también acudieron a su mente el horno y los bollos, me dijo: no, Pepe, no lo hagas. Incluso pensé en mostrar la estelada junto con la tricolor republicana (también tengo la de las 7 estrellas verdes que vergonzosamente no es la oficial de mi patria), que adorna otra estancia de la casa y es la bandera legítima de la España digna, aquella que combatió el fascismo. Pero me vino otro refrán a la mente: igual es peor el remedio que la enfermedad. Quizás en vez de adormecer a la bestia transmitiéndole aquello de "tranquilo, mira, hipotético vecino facha, yo también me siento un poquito español", la bestia se enfurece más pues observa que además de simpatizante del separatismo, soy un puto rojo guerracivilista de esos que se asquean de que el PP haya votado en la Asamblea de Madrid contra la posibilidad, planteada por Podemos, de que la justicia  investigue los crímenes de la dictadura fascista que duró 40 años y no ha procesado a ninguno de sus múltiples represores.
Y aquí enlazo, a lomos de la propuesta de Podemos, con la dignidad que no esperaba en la primera línea de este escrito por parte de ese tripartito de facto, pero que sí exijo, al menos en cierta medida, de Pablo Iglesias, aunque sea por la simple circunstancia de ser un hombre educado en las juventudes del PCE, el partido que de manera más pertinaz lucho contra la dictadura fascista de Franco mientras otros, léase el PSOE, resurgieron vía socialdemocracia alemana cuando ya casi teníamos un dictador cadáver y había que “integrarse” en Europa. Desde esa cultura, y con el independentismo catalán acosado por la represión del estado, es inmoral culpar al soberanismo catalán de contribuir a “despertar el fantasma del fascismo”. Si el Frente Popular no se hubiera constituido y vencido en febrero del 36 la bestia fascista de tres cabezas que puso en marcha su sanguinaria máquina en julio del 36 tal vez nunca habría sembrado de cadáveres las cunetas y no habría existido la posterior dictadura. Con este mecanismo tan miserable de razonamiento podríamos cuestionar los innumerables movimientos políticos que a lo largo de la historia han despertado la reacción de los sectores privilegiados de la sociedad que siempre defienden su status quo. Movimientos políticos que, aun siendo derrotados y ferozmente reprimidos en muchos casos, han ido abriendo muchos caminos. Tú sabes, tacticismos y posibilidades, o imposibilidades, electorales al margen, que al fascismo, vista el ropaje que vista, aunque tenga los correajes guardados, aunque el Rivera se haya dejado al Primo por el camino, solo se le frena combatiéndolo sin tregua ideológicamente, lucha que es hoy, ante la brutal manipulación informativa que convierte a nazis en atribulados vecinos, mucho más complicada que ayer.
Acabo haciendo mención al titular antológico de El País que pasará a los anales de la ignominia: "El separatismo pasea su odio a España por las calles de Bruselas". Anabolizante puro para los del "Puigdemont a prisión", para los del "a por ellos", para los que tienen como himno esa cumbre de la creatividad humana que es "la cabra, la cabra, la puta de la cabra...", para que anunciemos de una vez, Pablo, Monedero (también tiene miga lo tuyo colando, subrepticiamente, a ETA, sabiendo que la simple mención del término activa resortes y desactiva razonamientos), que son otros, los de siempre, quienes tocan las cornetas desperezando al fascismo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Monigotes

Colgando boca abajo de un puente que cruza una autopista catalana aparecieron, al modo de las venganzas que realizan algunos cárteles de la droga en México, una serie de monigotes con los logos de los partidos unionistas (PPSOEC,s).
No tardó en clamar la armada mediática española contra esta inadmisible barbarie de los independentistas amedrentadores del pobre y “acollonit” unionismo. Un unionismo que cada vez que ha salido a manifestarse lo ha hecho de la manita de un fascismo que casi siempre, cuando acaba la convocatoria oficial, se dedica a repartir hostias, probablemente siguiendo la doctrina del malvado Cañizares (lo llamo malvado porque creo que le ofendería más que le llamara ignorante; además se que es imposible que desconozca que en múltiples luchas por la independencia nacional, Irlanda, por ejemplo, el catolicismo ha sido fuerza mayoritaria e incluso rectora) que les allana el camino moral cuando, desde su eminencia eclesial dictaminó lo siguiente: “no se puede ser independentista y buen católico”. Si no eres santo, eres diablo. Y contra la bestia, esa que en palabras del maestro Silvio “ruge y canta a ciegas”, es lícita la espada flamígera. La filosofía de base es la misma, o peor, que aquella que destinó concienzudos debates a establecer si mujeres, negros, o indios tenían esos volátiles 21 gramos que algunos llaman alma.
El unionismo en Cataluña está tan indefenso que ha logrado que dos líderes sociales y más de medio Govern independentista estén en prisión, mientras el resto, President incluido, está en el exilio. De propina, el indefenso mozuelo ha conseguido que imputen a 700 alcaldes, independentistas por supuesto, y que el color amarillo, en un baile agarrado entre la infamia y el ridículo, esté prohibido en las fuentes y edificios públicos de Barcelona. Anemia pura la de esta muchachada horrorizada por los monigotes que, para regocijo de su ideología ultraderechista, ha logrado que  se prohíba que en la fachada de la Conselleria de Economía figuren dos pancartas con dos palabras, según parece, inadmisibles para el estado español: “libertad” y “democracia”.
El gran problema es que aquí, mientras los grandes medios montan su numerito por unos monigotes mal hechos y que seguramente son de falsa bandera, la Fundación Francisco Franco, que mantiene excelentes relaciones con la Fundación Adolf Hitler (sujeto convenientemente monigoteado por el Ejército Rojo) y con la Fundación Benito Mussolini (éste si fue ajusticiado y colgado por los partisanos), celebra una cena para recordar con devoción a su líder, el mayor terrorista español del S. XX, y cagarse en los más de 100.000 antifascistas que siguen en cunetas y fosas comunes.
Mientras, escalando la vileza, un tipo llamado M. Rajoy en algún papelito comprometedor, monigote de la oligarquía (también de la catalana, que con tantos parabienes lo recibió en un acto reciente) declaró que no sabía porqué le habían quitado a la calle en la que pasó su tierna infancia (no, no es retórica, la infancia casi siempre la recordamos con una matizada ternura) el nombre de Salvador Moreno, un militar fascista que participó en el golpe de estado el 36, fue ministro un par de veces con Franco y durante la guerra tuvo el repugnante honor de dirigir el acto más sangriento de la guerra, “la desbandá”,  un bombardeo inmisericorde que se realizó desde el mar en febrero de 1937 sobre miles de personas que huían por la carretera costera que une Málaga y Almería.
El problema es que en este país ninguno de los monigotes que sirvieron a la dictadura fascista de Franco ha pasado, al contrario que los miembros del Govern, ni cinco minutos en la cárcel. Como digo más arriba, quizás mientras tecleo esto, ocho y media de la noche del 1 de diciembre, están de francachela conmemorando a su jefe.
Nos queda el consuelo de que a veces el monigote fascista, aunque sea a miles de kilómetros de distancia, en Argentina, recibe su merecido en forma de 29 condenas a cadena perpetua por los crímenes cometidos mediante los llamados “vuelos de la muerte” que arrojaban secuestrados al mar. Acabo con un dato que debería sonrojar a quién hable de la Modélica Transición Española: en Argentina, hasta el mes de octubre de este año, habían sido condenadas 818 personas (754 más están siendo enjuiciadas) por crímenes cometidos durante la dictadura militar que gobernó el país de 1976 a 1983. Aquí duró 40 años, casi seis veces más, y ni siquiera hemos sido capaces de desenterrar los huesos secuestrados de los antifascistas. Esas personas dignas, que no monigotes, a los que M. Rajoy y su partido, con total impunidad, ningunean. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

El juez y la violencia del proceso independentista

“La  ocupación  organizada  de  calles  por  centenares  de  tractores;  incluyendo el bloqueo  del  edificio  de  la  Delegación  del  Gobierno  de  Cataluña;  el  asedio  de edificios  pertenecientes  a  la  Administración  del  Estado;  el  aislamiento  de agentes  o  de  la comisión  judicial  que  realizó  el  registro  de  la  Consejería  de Economía;  el  impedimento  por  numerosos  individuos  de  que  se  realizara  en registro  en  la  entidad  Unipost;  el  asedio  de  los  hoteles  donde  se  alojaban  los integrantes  de  las  fuerzas  del  orden;  los cortes  de  carreteras  y  barricadas  de fuego;  las  amenazas  a  los  empresarios  que  prestaran  soporte  a  los  servicios  del Estado;  o  algunas  de  las  murallas  humanas  que  defendían  de  manera  activa  los centros  de  votación,  haciendo  en  ocasiones  recular  a  las  cuerpos  policiales,  o forzando a estos a emplear una fuerza que hubiera resultado innecesaria de otro modo; son una clara  y  plural expresión de esta violencia”.
El párrafo que antecede pertenece al auto del juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena sobre la presidenta y los miembros de la Mesa del Parlament.
Para este señor todo lo expuesto más arriba es, según sus propias palabras, violencia. Es atroz. Está equiparando las acciones de protesta, que pueden ser muy diversas, con la violencia. Alguien que haya estudiado o leído un poco de historia, y al señor magistrado le supongo ese ejercicio, sabe que uno de los elementos que nos hace humanos, en un sentido hermoso del término, es nuestra capacidad para rebelarnos, para decir no ante el abuso y la injusticia.
Muchas veces en la historia se ha necesitado de la acción violenta contra ese abuso y esa injusticia. Sí, digo necesitado. Es el caso de Espartaco y la rebelión de los gladiadores en el siglo I a. c. Aquellos hombres, para intentar ser libres, tuvieron que usar en una lid más justa las armas con las que luchaban, hermano contra hermano de sufrimiento, en los anfiteatros. Mil setecientos años después, los hijos de la Ilustración, ese movimiento que planteaba como fin supremo del ser humano la felicidad (para mosqueo de la Iglesia que prefería al rebaño pastando del valle de lagrimas terrenal), comenzaban su revolución contra el Antiguo Régimen a golpe de guillotina. Hace cien años, en los albores del siglo XX, los bolcheviques se saltaron todos los semáforos de Petrogrado cuando el Aurora lanzó un cañonazo que dio paso a la creación del primer estado obrero de la historia. A finales de los 50, en Cuba, un sujeto llamado Fidel, que era una condición objetiva en sí mismo, lideró, fusil en mano, un movimiento de insurrección perpetua contra la injusticia que aún perdura en el mundo. El siempre ponderado, erróneamente, como pacifista perpetuo, Nelson Mandela, lideró “La lanza de nación” el brazo armado de su partido, el Congreso Nacional Africano, en la lucha contra el odioso apartheid.
De mí boca saldrán pocas palabras de crítica contra las acciones anteriormente descritas. Lo admito, yo, conocedor de la lucha de clases, y aspirante a la erradicación de éstas, no soy un pacifista machamartillo. En el año 1936 cualquier antifascista tenía que coger las armas y enfrentar el violento golpe de estado fascista del general Franco con violencia. No existía alternativa. O sea, señor juez, yo, modesto trabajador de ese surtidor de sangre (casi siempre de los desposeídos) que es la historia, y posible adoctrinador de jóvenes, según los peligrosos criterios que pronto pueden estar en boga en todo el territorio español, me atrevo a decirle que, visto lo anterior, todo lo que usted expone como violencia es pura protesta pacífica, acciones en las que, buscando un objetivo político, no se ha derramado ni una gota de sangre. Su auto es una criminalización global de la protesta, que, por supuesto, siempre implica acciones que no están exentas de tensión, de enfrentamiento, de encono, elementos consustanciales a cualquier conflicto aunque se desarrolle por cauces pacíficos. No obstante, atribuir a un movimiento como el soberanista catalán el estigma social de ser violento es, sencillamente, faltar a la verdad.
Me reservo un comentario especial para lo que he subrayado en negrita. Considerar las murallas humanas, en las que hubo multitud de personas apaleadas por la policía, y que fueron vistas en todo el mundo como ejemplo de una población luchando con métodos pacíficos, como una expresión de violencia, es hacer oposiciones a que Borges lo incluya, señor juez, en una nueva “Historia Universal de la Infamia”. Esas cuatro líneas son inadmisibles. Usted podrá acusar a esas miles personas que ofrecieron su carne, corazón incluido, para amurallar un espacio de votación, de resistencia a la autoridad, de desobedecer la orden policial de desamurallarse, pero jamás de violencia. Y le digo una cosa, cuando vienen decenas de armarios a empotrarse contra ti, hay que ser un colectivo bastante templado y disciplinado para, prácticamente sin excepción, controlarse.
Para acabar hay una línea que quiero resaltar especialmente por la filosofía de la sumisión que la impregna: forzando a estos a emplear una fuerza que hubiera resultado innecesaria de otro modo”. Los titubeantes avances históricos, quizás entre ellos la generalización de la enseñanza universal, que tal vez permiten que un chico de barrio llegue a juez, siempre, siempre, han venido forzados y contra la fuerza opuesta, y muchas veces brutal, de una minoría que los consideraba innecesarios.

domingo, 29 de octubre de 2017

Fotos que revelan


La foto es magnífica porque nos demuestra, en su compadreo, lo que es el régimen borbónico español. Cuando Iceta, exaltado y angustiado, solicitaba hace un año a Pedro que nos librara de las garras del PP solo hacía su papel, puro teatro para mantenernos engañados en la ficción de que cuando votamos decidimos algo. Y no, aquí deciden los jefes de los alegres empleados de la foto, los grandes poderes oligárquicos que usan su "papeleta de oro" económica. Y cuando alguien osa apartarse del guión, cayendo en la imprudencia de creerse la milonga democrática de que nosotros decidimos, más allá de que nos permitan expresarnos libremente (sé independentista pero no trabajes por la independencia, por ejemplo) enfada a los amos y recibe su castigo.

viernes, 20 de octubre de 2017

Los presos de Mariano (y Pedro)

Lo he dicho en alguna ocasión y lo reitero, desde mi punto de vista hay un tipo de nacionalismo que es oprobioso: el imperialista. Ese nacionalismo que, pongamos que hablo del gran país que habita Joaquín Sabina (pobres quiénes moran pequeños países humildes que, siguiendo el poema de León Felipe nunca tuvieron una casa solariega), celebra como fiesta nacional una invasión sangrienta de otros pueblos disfrazada de descubrimiento.
Este tipo de nacionalismo, que es el español, lleno de una ofensividad que genera cantos tan hermosos como el “a por ellos”, incomparable loa a la fraternidad, ha tratado al presidente Nicolás Maduro y anteriormente a Hugo Chávez, con todo tipo de lindezas despectivas. “Conductor de autobuses” (guagüero decimos en Canarias), se ha espetado al primero desde una visión aristocrática, con la intención de menospreciarlo en base a lo que consideran una insuficiente preparación académica que lo invalidaría para el cargo. “Gorila rojo” era el calificativo usado contra Chávez para intentar rebajar a la categoría de vulgar militarote a quién ya es un revolucionario fundamental en la historia de América Latina. Un revolucionario bajo cuyo nombre la izquierda venezolana sigue ganando elecciones: la última el domingo 15 de octubre obteniendo la victoria en 18 de las 23 gobernaciones en disputa.
Las esferas del poder en el estado español siempre hablan del régimen de Maduro y de los presos políticos de Maduro (antes lo eran de Chávez). Ante ese machaqueo muchos españoles están convencidos de que en Venezuela no hay jueces o, si los hay, son simples marionetas.
Esos mismos entes, en cambio, alardean de una independencia judicial, la española, cada día más en entredicho. El 12 de octubre el periodista Arsenio Escolar escribió en twitter, tras el besamanos ante el nieto político de Franco, que en los corrillos se especulaba conque el lunes 16 irían a la cárcel al menos dos de las cuatro personas llamadas a declarar a la Audiencia Nacional por un hipotético delito de sedición. Lo clavó. Cuixart y Sánchez llevan ya varios días en la cárcel. Hay nuevos presos políticos en el estado español. Sí, presos políticos, señores del PSOE y demás gente de alma cándida o cínica. Es reduccionista considerar preso político a aquel que solo lo es por lo que piensa o expresa. Están en la cárcel por su acción, guste o no bastante exitosa, conducente al logro de sus objetivos políticos, no personales.
Digo que hay nuevos presos políticos porque recuerdo a Aisha Hernández Rodríguez, en Canarias, a Alfon, en Madrid o a los tres jóvenes de Altsasu, ya casi un año en prisión provisional por ver convertido en delito de terrorismo una riña de bar con guardias civiles. Ahora entran al trullo los llamados Jordis, máximos representantes de algo que ha caracterizado, e incluso singularizado, al movimiento independentista catalán: su absoluto compromiso con la no violencia. Del 1 de octubre al día en que escribo, apenas 20 días, ha generado más violencia el unionismo trufado de grupos fascistas que seis años de movilizaciones independentistas.
Sabemos que ningún juez deja su ideología en casa cuando se pone la toga. No pocas decisiones, incluso de gran relevancia, se toman con votos particulares que expresan una posición contraria al fallo. Y se supone que todos los jueces están aplicando los mismos códigos. Si todo fuera mera técnica judicial, una simple tarea de cuadrar el articulado legal, las sentencias se redactarían solas tras, con el programa adecuado, introducir en un ordenador los datos pertinentes. Si los grandes medios de comunicación españoles fueran coherentes, esos que defienden a Leopoldo López como paradigma del preso político (yo no le niego esa condición) estando condenado por incitación a una violencia que causo 43 muertos en 2013, tendrían que asumir que las dos personas que han liderado un movimiento pacífico en Cataluña también lo son.
Lo peor del asunto, y aquí quizás me aparto un poco de la intención original del texto, es que la posible independencia de Cataluña “brilla, fija y da esplendor” (siguiendo el lema de la unionista Academia de la Lengua) en amplios sectores de la sociedad española su huero concepto de patria. Me impresionó un whatsapp en el que se habla, con el colofón de una ristra de banderitas monárquicas, de que, secuestrado Puigdemont bajo amenaza de ser quemado vivo, los patriotas hispanos educados en el ¡vivan las caenas! aportan, gustosamente, combustible, madera y mecheros suficientes para quemar al govern completo.
No, no todas las banderas son iguales, ni todos los delitos de odio tampoco lo son. Al menos para la injusticia española.

sábado, 14 de octubre de 2017

Entre la mofa y el silencio del Parlem

Desde diferentes ámbitos, no olvidemos el famoso Parlem, se le solicitó al govern catalán que no hiciera una DUI en aras de no cerrar todas las vías de diálogo con el gobierno español. El 10 de octubre en sede parlamentaria Puigdemont declaró la República Catalana y la dejó en suspenso a los pocos segundos para favorecer una hipotética negociación. A los 15 o 20 minutos recibo en mi whatsapp una imagen donde se ve un bebé boca abajo con la cara del president y el pañal cagado. Más o menos al mismo tiempo me llega otro de mi hijo que me dice: el profesor (de la facultad de Ciencias Jurídicas) ha comentado que Puigdemont ha dado marcha atrás. Las primeras conclusiones o lecturas de los unionistas sobre lo ocurrido tienen un cierto recochineo: victoria, el infiel a la indivisible patria hispana se ha asustado. Tanto, suelta el chisposo fascistilla de turno, que la única empresa que quiere desembarcar en Cataluña, cuando todas cambian sus domicilios sociales, es la de dodots. No lo pueden evitar. Les sale por los poros esa chulería repugnante tan propia de la mentalidad de derechas española (criada con diferentes dosis de heroicas conquistas de América, fundacionales Reyes Católicos y un fascismo sanguinario que dominó el estado español durante 40 años y nunca fue derrotado). Da lo mismo que la persona que te haga llegar el whatsapp se autocalifique de izquierdas, el PSOE también lo hace, es una mentalidad, esa sí, preñada del peor nacionalismo existente: aquel que tiene vocación imperialista, de dominio de otros territorios. Precisamente el que vimos campar el 12 de octubre, triste día de la fiesta nacional española que conmemora el inicio de la masacre que se llevó a cabo sobre el continente americano, por mucho que le disguste a algún teórico sobre imperialismos creadores y destructores y a los defensores de la perfidia de la Leyenda Negra. En un vídeo de Sociedad Civil Catalana, la más importante entidad unionista de Cataluña, en el que salen una serie de niños libres de todo adoctrinamiento, se llega a decir que España es un gran país que dominó cinco continentes. Puro alarde imperialista que obvia el sufrimiento que dicho dominio supuso sobre la población originaria. Y no se pretende reescribir la historia, pero tengamos claro que ha dejado muchas más cicatrices sobre la piel del planeta el nacionalismo imperialista y su rapiña que las fronteras.
Creó mofa en las redes que Anna Gabriel dijera en el pleno del Parlament lo siguiente: “somos independentistas sin fronteras”. Que es lo mismo que decir que somos patriotas sin fronteras. Desde mi perspectiva no es tan difícil de entender: hacía referencia a que ellos sí tienen verdadera vocación internacionalista, de apoyo a las causas justas de cualquier pueblo en cualquier lugar del mundo. Ese es el verdadero internacionalismo de izquierdas: el que intenta ayudar a cada pueblo a ser, libre de engolamientos y cantos vacíos, una patria decorosa y justa para la gente que la habita. Nunca es internacionalismo esa bobada de algunas personas de cartera llena que te espetan: “yo soy ciudadano del mundo”. Pues claro. El dinero, ese gran internacionalista, es el sésamo del cuento que volatiliza las concertinas y abre las fronteras. Las que necesitan una patria, en el sentido que a ese término le da un pueblo tan solidario como el cubano, que ahora conmemora el 50 aniversario del asesinato por el imperialismo de ese patriota e internacionalista llamado Ernesto Guevara, son las personas más humildes del planeta. Son esas patrias las que tienen banderas cargadas de un significado concreto, real, y no enseñas vacías que anclan su razón de ser en miserables glorias e injusticias. Por esa razón, no es lo mismo la bandera republicana que la monárquica, aunque el aguilucho lo hayan guardado. Y por esa misma razón, en cualquier lucha social para conservar o ganar derechos es una bandera extraña, inexistente porque la inmensa mayoría de las personas que la sacan a pasear son patriotas falsos, gente ajena a cualquier tipo de lucha o compromiso social que no sea celebrar una victoria deportiva o arengar a una tropa invasora.
Acabo volviendo al inicio, al Parlem o Hablemos que se movilizó a fines de la pasada semana con importantes dirigentes del PSOE en su seno a los que nunca se me ocurriría tachar de oportunitas. Es curioso el silencio que mantienen esas buenas personas después del gesto dialogante de Puigdemont. Lo dije en su momento: podría ser una estrategia blanda para parar la DUI. Espero que me desmientan saliendo a la calle para solicitar al gobierno que no use el 155 y se siente a negociar sin condiciones. ¿Cómo? ¿Qué hay que negociar en el marco de la Constitución? A ver si me dicen los sacerdotes del nuevo libro sagrado en que artículo se recoge el diálogo que llevaron a cabo los señores González, Aznar y Zapatero con la organización (ex)armada ETA. El problema, sospecho, es que la acción del movimiento independentista catalán, pacífico y con cero víctimas mortales, es potencialmente mucho más sangrante para el estado español que la ya fenecida acción de ETA.