sábado, 23 de septiembre de 2017

De la falta de respeto como viento de cola

Uno de los aspectos que me hace reflexionar acerca del proceso que se está viviendo en Cataluña, es la facilidad con la que desde el unionismo se desprecia a la gran e indeterminada cantidad (epicentro del problema y circunstancia que el bloque PPSOECs pretende perpetuar) de gente que quiere constituir un estado soberano. Hacia este enorme colectivo casi todo es menoscabo y, con la ira y el respaldo de un eternamente enfadado dios bíblico llamado Democracia, blandir amenazante las Tablas de la Ley Constitucional.
La democracia, en boca de los llamados constitucionalistas, adquiere un carácter mayúsculo e inequívoco, casi sobrehumano, que usted y quién esto escribe, sabemos, aunque a veces queramos engañarnos, que no tiene. Prácticamente nadie en el planeta deja de usar tan enorme palabra para definirse y, en la misma medida, esgrimir su antítesis como anatemización absoluta del adversario. Por lo tanto hay que ponerse el traje de faena del pensamiento e intentar, en la medida de lo posible, analizar caso a caso, aplicándonos, con respecto a los medios, la célebre frase de Malcom X: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Y, donde impera el odio al oprimido, al débil, no hay sustrato alguno de democracia. Palabra con múltiples apellidos, no pocos méritos asesinos (observen la llamada mayor democracia del planeta), y que a menudo es confundida con gozar de determinadas libertades políticas. Por lo tanto, la utilización por uno u otro bando de un conflicto, sea el catalán o cualquier otro, ni me impresiona, ni me posiciona.
También existen elementos que operan como reafirmantes en las posiciones que previamente uno ha adoptado. Uno de ellos es bastante simple: la falta de respeto. Circunstancia que se agrava cuando quién la ejerce es la parte poderosa, el trasatlántico que maneja Rajoy, contra la parte débil, los acosados independentistas catalanes que van en la zodiac que les concedió Pablo Casado. Veámos esa falta de respeto.
El fiscal general Maza dijo hace unos días que una parte de la sociedad catalana había sido abducida por el Govern. La segunda y tercera acepción que da la RAE son las que podrían venir al caso:
“Dicho de una supuesta criatura extraterrestre: apoderarse de alguien”.
“Dicho de una persona o creación humana: suscitar en alguien una poderosa atracción”.
Alguien se preguntará que pintan aquí los viajantes siderales. Piensen que, en el imaginario popular, cuando un extraterrestre (sospecho que a Maza aquel que no quiere pertenecer a su indisoluble y bienamada España debe parecerle casi extragaláctico) se apodera temporalmente de un terrícola, lo hace no sólo de su cuerpo, sino también de su mente. Así, cuando el pérfido marciano te devuelve a nuestro mundo ya eres otra persona. Un esclavo manejado por un ente que no viene de ver arder naves más allá de Orión, pero te ha convertido en un ser dispuesto a inmolarse, preso de una poderosa atracción, en el altar de Oriol Puigdemont, donde oficia una ángel caída llamada Gabriel. Sí, aquí entra la segunda definición transcrita de la tricentenaria institución. Definición que me parece incompleta, pues el abducido, en la misma dimensión que experimenta la atracción, padece la disminución de su voluntad.
Sí. Eso es lo que está diciendo Mata y donde falta al respeto: los independentistas catalanes son gente a la que el govern ha lavado el cerebro con quimeras y actúan carentes de voluntad propia. Este planteamiento del fiscal general, que habla de una parte sustancial de la sociedad catalana como un ente ignorantado, fue afianzado ayer por una vuelta de tuerca bastante hiriente de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, lamentándose de “esos padres y esos niños que (los esbirros del govern, se supone) acarrean a las manifestaciones”. Esta frase, más que zombificarlos, los bestializa o los cosifica. Ustedes son acarreados por Hamelín-Puigdemont que los conduce, cual ratas, directos a un río en el cuál perecerán, quizás traumáticamente, sus delirios secesionistas.
Y, por último, existe un  agravante imperdonable. Los adultos acarreados, en bastantes ocasiones son acarreadores de sus crías. Y oiga, que feo está eso de adoctrinar a la gente menuda. Por suerte, en el estado español está prohibido que los padres lleven a sus hijos e hijas a colegios donde los pongan a rezar o donde la religión sea una asignatura obligatoria. También está prohibido mandarlos a los 6 años a una catequesis que dura tres años y en la que te inyectarán racionalidad en vena.
La portada del católico, monárquico y centenario ABC del 23 de septiembre nos alerta: “El independentismo recluta a los niños”. Se refiere a que la CUP convocó en una plaza de Barcelona a niños y niñas para que pintaran pancartas contra la monarquía y a favor del 1-O. Malvados. Afortunadamente, nadie de la redacción del ABC puede bautizar a sus hijos para evitar que te hagan miembro de una asociación cuando aún no tienes uso de razón. El ABC, cada vez que se convoca el concurso "Qué es un rey para ti", pone su laico grito en el cielo. O se envenenan cuando se enteran de que unos padres llevan a sus pequeños vástagos a ver un desfile de la milicia hispana o a aplaudir a la guardia civil bandera monárquica en mano.
Falta de respeto, mayormente a la inteligencia, e hipocresía. Ese es el campo de juego en el que se deleita el régimen surgido del fascismo en el 78. 
Y estos catalanes independentistas intentando joder el paraíso. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Amedrentamientos y seguridad

Hace unos días me llegó la siguiente pregunta por WhatsApp: “Imagina que quisieras votar y pretendieras votar no, ¿te parecería seguro hacerlo en este referéndum?"
La palabra clave es “seguro”. Y bajo mi punto de vista es una palabra que en el texto puede tener una doble interpretación. O bien puede hacer referencia a la seguridad física de la persona en cuestión, o podría referirse a si existiría la seguridad de que ese voto negativo se contabilizaría correctamente.
Reconozco que en la primera lectura sólo me lo planteé como un mensaje que hacía referencia a la seguridad de las personas. Y esa sensación mía inicial no es descabellada. Parece que buscan desesperadamente la violencia. No voy a decir, aunque hayan antecedentes y seguro que las baraja, que el estado se dispone a realizar acciones de lo que habitualmente se llama “falsa bandera”, pero hay un elemento evidente: unos manifestantes destrozando mobiliario urbano entre esteladas sería el sueño húmedo del estado español. De hecho, un acto simbólico como la quema de banderas de España, Francia y la UE, en la manifestación de la izquierda independentista el 11 de septiembre, fue tildada por algunos medios de acto violento. Medios que también señalaron, con aviesa intención, que quiénes realizaron la acción, con toda la lógica del mundo, iban encapuchados, pues el año pasado lo hicieron a cara descubierta y acabaron ante el juez. La idea machacona y falsa, por eso mi primera asociación con la integridad física de las personas, es que una parte de la sociedad catalana está siendo excluida y señalada. Se consideró poco menos que una incitación a la violencia que Puigdemont pidiera a los vecinos que quieran votar, en un sentido u otro, que preguntaran a su alcalde, respetuosamente, porque no ceden espacios para poner urnas.
¿Preguntar es amedrentar o amenazar? ¿En qué medida el amedrentamiento o la amenaza es mayor que la que pueden sentir los más de mil cargos públicos catalanes apercibidos de consecuencias penales en el BOE con nombres y apellidos? Los 712 alcaldes que van a ser citados por la fiscalía en calidad de investigados, cuando aún no han realizado ninguna actividad presuntamente delictiva,  bajo amenaza de detención si no se presentan a declarar ¿tienen razones para sentirse amedrentados o amenazados? ¿Quién amedrenta o asusta más, el vecino que interpela a su alcalde o el estado español con todo su aparato coercitivo? Pablo Casado, junto a Albiol, un dirigente del PP que se descareta con bastante facilidad (circunstancia que siempre se agradece), dijo lo siguiente: "Comparar un transatlántico como la nación española con una zodiac pinchada que es lo que tienen ahora mismo los de la CUP y sus colaboradores en la Generalitat, da risa". Obviando el tonillo prepotente y mamporrero, hay que reconocer que no le falta cierta dosis de razón. Quién tiene capacidad de ejercer la fuerza es el estado constituido español ante la nación catalana que busca constituirse como tal.
Hablando de amedrentamientos, estos bastante más silenciados por los grandes medios, en Canarias, el mismo once de septiembre entró en la cárcel, tras serle denegado el indulto por un gobierno que perdona a no pocos indeseables que usan las arcas públicas para enriquecerse, la luchadora social Aisha Hernández Rodríguez por realizar una pintada que denunciaba el elevado paro juvenil de Canarias y un incidente con la policía por el que acabó acusada de desobediencia (constitucional, por supuesto) a la autoridad. Siguiendo con el amedrentamiento, esta previsto que vuelva a declarar en el juzgado la drag que gano la gala del carnaval de Las Palmas este año. Su hipotético delito es parodiar a la virgen en un espacio absolutamente laico en el que se supone que la Iglesia Católica no tiene potestad alguna.
Federico Jiménez Losantos, cuando a inicios del año pasado declaró antes decenas de miles de radioyentes que si se encontrara con determinada gente de Podemos (citó nombres) y llevará “lupara” dispararía, no hubo fiscal alguno que perdiera un segundo en amedrentarlo aunque sea un poquitín. Los instrumentos del estado, incluida la justicia, son los que amedrentan casi siempre en la misma dirección, nunca unos vecinos preguntando a su alcalde o manifestándose para que se pongan urnas en espacios municipales.
En una lectura posterior pensé que esa seguridad a la que hace referencia la persona interpelante quizás tiene el sentido del tongo electoral, de lo que comúnmente se llama pucherazo. Si la interpretación correcta transita este derrotero, me atrevo a decir que en estos momentos la tentación que podría estar cocinándose al fuego de la Generalitat sería un guiso probablemente nunca visto en la historia. Lo que yo me atrevería a llamar “el pucherazo inverso”. El problema para los soberanistas catalanes es que haya muy pocos noes, pues el unionismo busca que en el caso de que el estado español no evite la instalación de las urnas, estás se desacrediten y deslegitimen con una escasa participación que, ante la gran movilización del independentismo, solo podría salir del campo de un no que quedaría tremendamente escuálido. Así que ¡oh paradoja! en su perversidad imagino a los cuernirrábicos diablillos independentistas condimentando el puchero más con noes que con síes. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Del sueño a la realidad o la posibilidad de la república catalana

Siempre nos dijo el poder, tuviera la cara sonriente de PSOE o la cruz amenazante (no olvidemos su condición de instrumento de tortura y muerte elevado a los altares) del PP, cuando ETA habitaba entre nosotros: la independencia puede defenderse por vías pacíficas.
O sea, pueden manifestarse unos cientos por el paseo de la playa de Las Canteras en Gran Canaria al viejo grito de ¡Viva Canarias Libre y Socialista! O pueden hacerlo un millón por La Diagonal clamando ¡Visca Catalunya Lliure! Nadie los lleva al trullo, se supone, por ser independentistas y reunirse con otros independentistas y dar eternos vivas a la independencia y al socialismo levantando ardorosamente el puño. Mientras todo queda en el terreno del fervor simbólico el poder le permite a usted regresar reconfortado a casa tras participar en esa comunión laica con sus compañeros de sueños. Sí, sueños. A usted, persona entrada en años y luchas o joven al que un día un profesor le habló de la imagen más reproducida del siglo XX, esa sílaba, Che, que expresa en un lenguaje universal la rebeldía, el poder estatal español le permite soñar con la independencia. Y soñar es tremendamente (y utilizo esta palabra con absoluta conciencia) hermoso, aparte de necesario. Martin Luther King tuvo un sueño que, da lo mismo el color de la piel del presidente de EEUU, sigue pendiente cuando vemos la facilidad con la que, perdóneseme el juego de palabras facilón, la policía tira al negro. Calderón de la Barca nos desanimó diciéndonos, el muy sinvergüenza, que “los sueños, sueños son”. También el acervo popular nos disuade: “ten cuidado con lo que sueñas… puede cumplirse”. 
Los cientos de soñadores en una Canarias Libre y Socialista, en una sociedad que se adormece entre romerías y bajadas y subidas de vírgenes (tranquilos compatriotas, que a mi también me gusta La Rama), no quitan ni un segundo, oh paradoja, el sueño al poder.
En cambio, cada persona que conforma ese millón y pico, sobre una población de siete y medio, que lleva saliendo a la calle cada 11 de septiembre en Cataluña desde hace varios años, pretende y siente que, junto a las otras, ha acumulado fuerzas, incluso una mayoría absoluta parlamentaria, para intentar, trayendo el sueño a la realidad, lo que no está previsto por el poder: la posibilidad de construir, más allá de las libertades concedidas, un estado propio.
Y el primer paso de ese sueño factible debe ser contarse. Es muy simple: cuantas personas están a favor y cuantas en contra de que Cataluña forme un estado independiente en forma de república. No lo piden unos cientos o miles de personas, como sucedería en Canarias, lo solicita una mayoría de los habitantes de Cataluña.
El poder ha sacado a colación mil veces la trampa constitucional: “Vengan ustedes, partidos políticos independentistas catalanes, al parlamento español e intenten, con sus magras fuerzas (Cataluña aporta 47 diputados sobre 350), una modificación de la constitución que les permita realizar un referéndum legal”. El estado español les ofrece a los catalanes que quieren decidir la posibilidad de construir su república una vía muerta o un muro contra el que se han estrellado 18 veces, las que le han solicitado al gobierno español un referéndum pactado. Lo que queda entonces es, desde tu mayoría absoluta en el Parlament, que te legitima, crear una arquitectura legal propia para dar cauce a que de una vez por todas se haga la única encuesta que necesita el pueblo catalán: un referéndum en el que cada cuál vote, o se abstenga, libremente. Sin coerción alguna. Y hoy el único elemento coercitivo, cada vez más amenazante (registro de una imprenta y un semanario entre el 8 y el 9 de septiembre con encausamiento del director de este último), es el gobierno español, que es quién quiere que nadie vote, oh heroico Coscubiela transportado en incómoda parihuela por la derecha política y mediática, ni los del sí ni los del no, porque en su fuero interno España es y será siempre unagrandeylibre.
Alberto Garzón escribió en Facebook: “En @iunida no apoyaremos la ley del referéndum que se votará hoy en el parlamento catalán. Defendemos el derecho a decidir con garantías”. Garzón, estás defendiendo, cobardemente, el derecho a decidir cuando las ranas críen pelo o les de la bendita gana al PPSOECs, que será nunca. Los ciudadanos catalanes están a tres semanas de decidir, de votar sí o no a la posible construcción de una república (que va más allá de llamar al rey Felipe ciudadano Borbón cuando, en vez de desconocerlo, vas a entrevistarte obedientemente con él), lo  que sería un mazazo al régimen del 78, y los desacreditas convirtiéndote en esta hora, que no admite ambigüedades, en un aliado de facto de la derecha españolista. Y no vale la trampa habitual: decir que el proceso catalán es fruto de la burguesía catalana. Me atrevo a afirmar justo lo contrario: este proceso intranquiliza mucho a la parte más poderosa de la burguesía, a la oligarquía catalana que, por cierto, se ha manifestado claramente en contra de la independencia pues ahora mismo no tiene lo que siempre ha poseído, más allá de circunstanciales mayorías políticas, desde 1939 para acá: el control absoluto. Lo lamentable es que uno solo de los objetivos del referéndum catalán: la posibilidad de tirar al basurero de su historia la monarquía del ciudadano Borbón, es una tarea inafrontable para Unidos Podemos, la autodenominada izquierda del estado español que, por tacticismo, oportunismo o cobardía, nunca encuentra el momento (aquello de las condiciones objetivas y subjetivas da para mucho)  para reivindicar y educar a la gente en la necesidad de una república.
Sigo con la izquierda. Los comuns (hermoso nombre que pasa rozando), cuyo referente es Ada Colau, que quizás ya no piensa que la injusticia implica en momentos decisivos, esos que parecen acelerar la historia, desobediencia, harán a su militancia la siguiente pregunta: “¿Cataluña en Comú tiene que participar en la movilización del 1-O?”. Puedo irritar a algunas personas, pero esta actitud contorsionista y sibilina que degrada un referéndum a una mani con papeleta de mentirijillas es más dolorosa que la embestida, absolutamente esperable, de la derecha. No obstante, la respuesta ya la doy yo por adelantado: si hay urnas en todo el territorio catalán, circunstancia que está por ver pues creo que el estado va a apretar mucho las clavijas, ustedes van a participar sí o sí, aunque voten no, se abstengan o hagan una macrosentada. Por una sencilla razón: se van a contar síes, noes, votos blancos, nulos y abstenciones. En la lectura de los resultados entrará, a gusto o a disgusto, manejando esos cinco vectores, aunque tres sean los básicos, todo el mundo, de derecha a izquierda, porque es un referéndum y no una movilización ocasional sobre la que pronunciarse a través de una pregunta timorata.

Me parece oportuna esta canción de Silvio Rodríguez y Buena Fe llamada La Tempestad. 

jueves, 31 de agosto de 2017

La boda del comunista o la perpetua lucha ideológica

Si algo tengo claro es que para la derecha, vía armada mediática, la lucha ideológica, ese terreno en el que quizás por desacomplejada nos lleva una ventaja sideral, es una prioridad. Siempre la tienen al fuego, bien burbujeante, con el objetivo, paradójico, de enfriar la gran lucha inmemorial, básica y esencial: la de clases.
Una de las maneras más simples de lucha ideológica para la derecha es la vía del descrédito personal del mensajero. Circunstancia que servirá para invalidar la totalidad del mensaje y desencantar a aquellos que se acercan al fenómeno político con la palabra creencia en el borde de los labios. No es raro oír, por ejemplo: “yo no creo en los políticos”. Pues ya somos dos, oiga. Ni maldita falta que hace. Imaginemos un líder de izquierdas que dice verdades como puños y del que un aciago día se revela que su intachable palabra esta salpicada de deshonestidades diversas. Ese líder tendría que ser removido y, si es necesario, responder ante la justicia de sus tropelías. Pero sus palabras, sus denuncias o sus propuestas, seguirían teniendo la misma veracidad. Sin embargo, somos conscientes de que a una parte muy apreciable de la población, esa que necesita creer, el impacto le llevaría a cuestionar el lote completo (mensajero y mensaje). Y sé que, lamentablemente, el liderazgo de un proyecto, aunque la historia la protagonicen y la padezcan, en mayor medida aún, los pueblos, es importantísimo. Me parece poco probable que alguien en el ámbito de la izquierda transformadora discuta el incalculable papel de Fidel en la revolución cubana, o de Chávez como desencadenante de la revolución bolivariana. Incluso la magnitud de estos individuos hace que me pregunte lo siguiente: ¿Esos procesos sociales habrían tenido el mismo recorrido sin sus prominentes figuras?  Y, ¡oh paradoja! es una pregunta que me entristece, pues en sus países, como en tantos otros, la realidad de miseria, opresión y desigualdad, ya estaba allí. Afortunadamente pienso que tanto en Cuba como en Venezuela gran parte del pueblo ha pasado de la creencia en uno u otro líder a la conciencia de la necesidad de un mundo más justo.
Alberto Garzón, líder de una formación política, Izquierda Unida, nucleada alrededor del Partido Comunista de España, es uno de esos que piensa que es necesario un mundo más justo, un mundo socialista en el cuál no deberían existir dos grandes aberraciones: la extrema riqueza que no se puede gastar en mil vidas y la extrema pobreza que no te deja completar con dignidad una sola.
Más allá de la ola anticomunista mundial tras la caída de Unión Soviética (ese estado que surgió de una revolución casi centenaria que no se si conmovió, pero sí sé que, por decirlo sin crudeza, acongojó al mundo capitalista), el mensaje de los comunistas, de un mundo más igualitario debe ser conveniente y pertinazmente machacado a la más mínima oportunidad con lo que decía al principio: con la máxima simpleza que casi siempre encuentra el confortable sofá de la mínima actividad neuronal. Me refiero, por ejemplo, a convertir la boda de dos personas ideológicamente de izquierdas, que viven de su trabajo, en la política o la medicina, sin explotar a nadie, en un acto de opulencia capitalista que haga desconfiar a la gente humilde de ese tipo que siempre habla de la clase trabajadora y, pregonando la igualdad, en el fondo es igual que todos los políticos: un aspirante a llenarse los bolsillos.
El elemento sustancial y conformador de esta mugre ideológica es la mentira, que avanza desbocada  por las grandes avenidas de las redes sociales donde campan del bracete ágrafos y estultos, tan sobrados de ¿información? como escasos de formación.
Un par de simplezas bastan. “El comunista se casa por la iglesia”, mienten, para remachar la falsedad del supuesto ateo, aquellos a los que no les da asco vivir en un país donde su confesión religiosa esta libre de pagar impuestos por sus numerosas propiedades. “El comunista contrató un menú de 300 euros”, mienten, triplicando el precio y buscando el menoscabo moral de Garzón, los mismos que no ven inconcebible que muchos jugadores de fútbol de primera división ganen en un año lo que un diputado y una médica no ganarán conjuntamente en toda su vida.

domingo, 27 de agosto de 2017

Los atentados de Barcelona: ¿unidad o división?

Unidad y división
Son términos antagónicos bastante utilizados en muy diversos contextos. El primero está dotado en el imaginario social de un aura de positividad y, en sentido inverso, el segundo se asocia con lo negativo. Tengo claro que el pensamiento socialmente dominante, aunque no sea ni mucho menos el único, es el de la clase dominante. Y la clase dominante casi siempre hace llamados a la unidad como el modo de arreglar o enfrentar los diferentes conflictos o situaciones, más o menos graves, que van surgiendo en el devenir de cualquier estado.
Recuerden, cuando comenzó la crisis económica, como constantemente se hacían llamados a que de esa situación solo se salía si todos, indistintamente, arrimábamos el hombro. Hoy, diez años después, los trabajadores tienen el tren superior corporal de alguien largamente convaleciente mientras los oligarcas pondrían en dificultades al actual campeón mundial de fisicoculturismo. La burguesía siempre ha hablado interesadamente, a través de sus grandes canales de comunicación, de colaboración de clases. En cambio, los trabajadores, cuando tienen conciencia, hablan de lucha de clases, de los intereses antagónicos que existen entre estos dos sectores sociales. Cuando esa lucha se ha exasperado por una conciencia crecida de los trabajadores la burguesía suele utilizar, expresado a través de los sindicatos verticales,  un colaborativo de clases llamado fascismo.
Aunque en realidad el objeto de este texto no es el conflicto entre el capital y el trabajo sí me parecía un ejemplo sobre la carga tramposa y apriorística que tienen conceptos como unidad y división.  Conceptos que nos hemos hartado de oír tras los atentados ocurridos el 17 de agosto en Cataluña y cuya cresta ha coincidido con la manifestación convocada en las calles de Barcelona el sábado 26.
Ir a una manifestación contra una acción terrorista concreta no quiere decir, desde mi perspectiva, que se aliente la falsedad, la mentira que mata el pensamiento que se subleva, ese que no quiere dejarse enrejar por mantras interesados que ponen el foco en la buenrollista unidad para que el vasto páramo de la indecencia quede en la penumbra.
El poder habría querido que la manifestación de ayer en Cataluña fuera una procesión “respetuosa”, llena de silencio y congoja. La expresión del dolor unánime de un pueblo, en lenguaje pomposo. Quizás yo sea un tipo algo deshumanizado (estos días me lo he preguntado), pero no voy a ser hipócrita. Esos atentados, como tantas acciones injustas que generan muerte y sufrimiento, son un horror, quizás un poco más cercano porque yo, tan poco dado al viaje, también he recorrido ese espacio bullanguero que parece una celebración continua de la vida. Pero pienso que el dolor es patrimonio intransferible de los familiares y amigos de cada una de las víctimas. Y nuestra misión no es sentir su dolor, pero sí es preguntarnos, no sólo el porqué hemos llegado a esta situación, sino, lo que es tan importante, cuál es el camino que hay que seguir, más allá de las pesquisas policiales que no cuestiono (otro tema es plantearnos si, aparte de ético, es razonable para la propia investigación que todos hayan sido “abatidos”), para que esto no se repita, aparte de llenar las ciudades de barreras físicas. Es llamativo, parece que retornáramos a las murallas del medievo, la antítesis de ese espacio abierto que es la ciudad contemporánea.
Cuando la CUP, con un primer paso al que después se unieron otros colectivos, quebró la unidad acrítica que querían imponerle a la manifestación, la dotó de vida, de significación. Y se equivocaba al principio planteando que si iban el rey o Rajoy ellos tal vez no lo hicieran. Había que estar allí, disputándole el espacio a los figurones que desprecian la vida humana, como el gobierno español multiplicando por 30 el valor de la venta de armas a la monarquía saudí que, aparte de estar junto a EEUU en el origen de un yihadismo ultraconservador e irrelevante hasta inicios de los 80, está masacrando, con la mayor indiferencia de nuestras mediáticas sociedades, a la población de Yemen. Una vida que también existe bulliciosa más allá de Las Ramblas, en lugares menos famosos que nunca pintó Joan Miró, donde los atentados, quizás por su cotidianidad, no generan enormes espacios cubiertos por ramos de flores y velas rojas.
El merecido abucheo al rey y al gobierno de España no creo que fuera obra solo de independentistas, como han querido reflejar las maquinarias mediáticas manipuladoras que pretenden que una manifestación contra el terrorismo sea apolítica. O sea, el simple tránsito de una masa ovejuna pastoreada por lobos.
Por último, resulta significativo comprobar como los mismos que siempre han defendido que el terrorismo no puede marcar las agendas políticas, ahora pretenden que el gobierno de la Generalitat “aproveche” esta ocasión para recuperar en sentido común, unitario por supuesto, y se deje de veleidades que dividen y debilitan a la sociedad catalana. Unión y fortalecimiento que, tras la trágica caída del caballo del 17 de agosto, pasaría porque los independentistas, aún teniendo mayoría parlamentaria, declinarán, en el país de las mil encuestas, su intención de, referéndum mediante, como hicieron sin dramatismo los escoceses, contarse el 1 de octubre.

sábado, 19 de agosto de 2017

Terrorismos (sin ánimo de incordiar)

"Terrorismo.
1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
3. m. Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos."
Como el texto va a girar acerca del terrorismo he querido poner, a modo de referencia o marco (del cuál quizás yo tienda a escaparme), la triple definición con que la RAE se aproxima a tan polémico concepto.
Considero que los dos actos terroristas (me refiero a acciones concretas, hora y lugar) más crueles de la historia de la humanidad, por su mortandad masiva en el momento de producirse y por sus consecuencias durante decenios, tuvieron lugar en 1945.
Por supuesto, me refiero a las bombas atómicas lanzadas los días 6 y 9 de agosto sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Sí, ya lo sé. Alguien estará pensando que esa fue, nos parezca más o menos reprobable, una acción en el marco de la 2ª Guerra Mundial. Como si el terror en un contexto bélico fuera más tolerable, más asumible al situar cada persona su mente, aunque sea por mero instinto de supervivencia, en “modo” guerra. Yo creo que es justamente al revés. Seguro que se sufre muchísimo más terror cercado por la guerra, cuando las sirenas anuncian la escuadrilla que va a repartir su siniestra lotería, que viviendo en paz, aunque puedas estar expuesto, es inevitable, en algún momento a una acción esporádica de gran violencia que puede surgir incluso en el contexto del ocio o la fiesta.  Así, el sufrimiento cotidianizado que implica la guerra, ese terror diario, nos parece aceptable dentro de nuestros parámetros mentales, mientras varios individuos repartiendo cuchilladas a seres indefensos no nos cuadran y nos parecen una abominación mayor que una bomba borrando en unos segundos cien mil personas de la faz de la tierra. Casi nadie se refiere a las dos únicas bombas atómicas detonadas sobre población civil como una acción diáfana y espeluznante de lo que fue: terrorismo de estado y en estado puro. Cuando el ejército israelí ha cerrado por completo y bombardeado Gaza durante un mes asesinando cerca de mil quinientas personas, entre ellas centenares de niños, ningún gran medio ha hablado de una acción terrorista de Israel, eso concepto solo lo ha usado la izquierda transformadora. Y no es casual, el lenguaje es importantísimo pues legitima, condena o disfraza. Los EEUU aún defienden la legitimidad de su mayor acto terrorista apelando cínicamente a la bondad de finiquitar la guerra en un plis plas y a un inaceptable trapicheo de vidas: la invasión de Japón habría costado un millón de muertos, muchos de ellos estadounidenses, dice el milico yanqui de turno en algún canal temático que a veces, entreverándose con la lectura, acoge mis tardes. El asunto es que, paradójicamente, podían haber aterrorizado sin causar víctimas mortales, lanzando las bombas en algún paraje deshabitado a modo de advertencia.
En el ámbito español, hace ya bastante tiempo que para referirme a Franco, como deber ético, hablo del jefe de la banda terrorista más sanguinaria que ha padecido el estado español: los sublevados el 18 de julio. Un jefe terrorista que se lució especialmente en agosto (vaya con agosto, y eso que suena a cervecita y holganza) del 36 matando en un día a 4000 personas en Badajoz. Si ustedes revisan las definiciones de la RAE verán, al menos a mí me lo parece, que le son aplicables las tres, con el colofón añadido de más de cien mil muertos en cunetas.
Alguien me dirá que esos parámetros son aplicables a diversos gobiernos del mundo. Ese es el quid de la cuestión, creo que acierta quién así piensa, los estados en muchos casos pueden ser la más siniestra máquina de terror, al menos en sus ámbitos de acción. Por eso el terrorismo más devastador que lacera el planeta es el que proviene de la acción imperialista de EEUU, pues su radio de actuación, por motivos de dominio económico, por fuerza militar y por una cierta autopercepción de pueblo elegido, no conoce fronteras. Así, por ejemplo, ahora mismo tiene bajo amenaza explícita de intervención militar a dos países: Venezuela y Corea del Norte. Acción imperialista que casi siempre, al menos en sus primeras fases, toma la forma más artera de guerra que, en mi opinión, es el bombardeo indiscriminado de núcleos donde habita población civil. En una deshumanización brutal se puede ejecutar a grupos humanos con drones desde un luminoso despacho con plantitas y portarretratos de familia sonriente.

Planteo que el imperialismo es la raíz venenosa que pudre de injusticia el planeta. El terror del coche bomba, del suicida o del que deja caer, desde miles de pies de altura, su mortífera carga como si de un vídeo juego se tratara, solo entrará en vías de solución cuando, y vamos en el sentido contrario pues el saqueo se profundiza, el planeta sea un clamor antiimperialista. Fíjense: Libia, Somalia, Siria, Iraq, Afganistán, Pakistán, Yemen. En todos estos países musulmanes, con el disfraz de coaliciones que sin EEUU no serían nada, han intervenido estados que alardean de sus raíces cristianas. Cuidado, bajo ningún concepto estoy diciendo que vivimos un conflicto religioso (esa es la sangrienta maniobra de distracción), pero si tengo claro que los jóvenes que apuñalan o arrollan multitudes, creyendo que sí, que su acción brutal la determina un Alá que ellos mismos tachan de misericordioso, generando un daño inmenso e irrecuperable para tantas familias, no son una simple encarnación del mal absoluto, “debidamente” fanatizados (y desconociendo que manos concretas manejan los hilos), son instrumentos objetivos del imperialismo para crear un terror entre la gente del pueblo que obre como sepultura del pensamiento y vivero del fascismo.

lunes, 14 de agosto de 2017

Canción triste por la huelga del Prat

Desde hace algunas semanas se mantiene en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, un conflicto laboral de los trabajadores de la empresa Eulen, encargada de los arcos de seguridad. Hasta ahora los paros han sido parciales, intercalando horas de trabajo con horas de huelga. También se ha acusado a los trabajadores de huelga encubierta. Me imagino que se referirán a trabajar a un ritmo lento, con una cierta parsimonia o un exceso de celo. Es curioso, tienes que ser un, perdóneseme (o no, me da igual, seguramente a quién le moleste está en mis antípodas mentales) lo soez de la expresión, un puto animal que supla las carencias cuantitativas de la plantilla con tu propia sobreexplotación.
Y buena parte de la población trabajadora, desclasada por los grandes medios de manipulación masiva que nos dicen que el derecho de uno acaba cuando lamina el derecho del otro, expresa su malestar por tener que hacer largas colas, por ver alterado ese nuevo derecho básico que es el de viajar. Población trabajadora que en muchos casos, con sobrada pasividad y escasa lucha, ha visto quebrado un derecho básico que yo si considero fundamental: que no te disminuyan el sueldo por realizar un mismo trabajo.
Desde el hoy, 14 de agosto, los trabajadores de Eulen realizan una huelga indefinida. Curiosamente, según informan los medios, hay normalidad casi absoluta. La huelga objetivamente está neutralizada. Con dos elementos básicos que tiene el poder en sus manos: los servicios mínimos y las fuerzas de seguridad del estado. Los servicios mínimos establecidos por la autoridad (competente, por supuesto, muy competente cuando de quebrar huelgas obreras se trata) son del 90%. Y aquí no pasa nada, no hay, como mínimo, una declaración conjunta de todas las centrales sindicales que se consideren de clase diciendo que esos servicios mínimos son unos servicios máximos, son prohibir de facto, casi con burla, el derecho de huelga a un colectivo de trabajadores. Pero, no satisfechos con este abuso, han decidido poner al lado de ese 90% obligado a trabajar a la guardia civil. Ya no es que la guardia civil, o la policía, sean un instrumento para reprimir a los trabajadores en la lucha por sus derechos. La historia de España (y del mundo) es rica en ejemplos de cómo las llamadas fuerzas de seguridad, o cuerpos represivos de la clase dominante en lenguaje marxista, tienen como función, no confesa pero esencial, derrotar las luchas de los trabajadores (sí, Eulen es una muestra más de esa antigualla llamada lucha de clases, esa que quiere diluirse, ¡viva el pensamiento líquido!, en el concepto muelle de clase media).
En este conflicto, alegando el poder motivos de seguridad, la guardia civil realiza labores directas de esquirolaje. Nos jugamos la seguridad de los españoles dice el gobierno. Es un servicio esencial, alegan, en estos tiempos convulsos por la amenaza terrorista. Sin embargo, tuvieron la desvergüenza de privatizar ese servicio esencial mediante subasta al peor postor. O sea, al que hace la oferta más barata que implica por supuesto salarios míseros para los trabajadores, oscilantes entre 900 y 1.100 euros según los complementos que tengas por antigüedad, que solo los pueden dignificar mediante horas extras pagadas a 8 euros.
Un servicio que el propio gobierno considera esencial tendría que estar en manos directas del estado. Esos trabajadores que realizan una labor en la que se supone que está en juego la vida de personas deberían ser empleados públicos con un salario digno, no pertenecer a empresas privadas cuya regla de oro es obtener, a través de la máxima explotación, el mayor beneficio posible.
La normalidad de hoy en el Prat, la casi invisibilidad de la huelga por la acción antiobrera del gobierno del Partido Popular, la sutil o burda criminalización mediática de los trabajadores, el silencio de las supuestas centrales de clase, la falta de acción solidaria, aunque sea simbólica, de los empleados de seguridad de otros aeropuertos, más allá de que lamentablemente nada de esto suponga, al menos para mí, una sorpresa, no deja de ser una triste noticia para la lucha de la clase trabajadora.