miércoles, 11 de enero de 2017

Israel y el "untermensch" (en su camión o ejecutado a sangre fría)

El anterior texto que subí a este blog hablaba de “camiones rigurosamente vigilados” con el objetivo de impedir que esas potenciales armas mortíferas irrumpan como un Leviatán asesino. El ejemplo parece que cunde. La última acción de este tipo se ha producido hace pocos días en Jerusalén. Un palestino lanzó el vehículo que conducía contra un grupo de soldados israelíes que estaban subiendo a un autobús. Cuatro soldados resultaron muertos y el conductor del camión fue abatido a balazos.
Primera medida del gobierno israelí (que en los diferentes informativos, si la citan, lo hacen de pasada): la vivienda de la familia del terrorista ha sido demolida. Con un par. Ya sé que no es una práctica aislada, al contrario, es habitual en Israel. Puedo estar equivocado, pero no me suena que esa medida se lleve a la práctica en otros lugares del planeta, circunstancia que de producirse tampoco la justificaría. Una familia en pleno a la calle por el “delito probado” del parentesco sanguíneo, y la hipócrita comunidad internacional no denuncia ese método digno del nazismo. Por su parte la UE sigue manteniendo, vergonzosamente, a Israel como socio económico preferente mientras pone lupas sobre Cuba, Venezuela o Rusia y observa con prismáticos inversos a un estado gamberro.
Además, las autoridades fascistas israelíes procedieron a la “detención administrativa” de varios familiares. Detención administrativa quiere decir que estarás privado de libertad por un periodo de seis meses, que puede irse renovando, sin que se formule acusación alguna contra ti. Se estima que actualmente hay 750 palestinos detenidos en Israel en esta situación que no es muy aventurado afirmar que consiste, de facto, en un secuestro de estado. Cuando el estado, con todo su poder coercitivo, te detiene, lo mínimo exigible es que, sea justa o injusta (esto se dirimirá posteriormente en los tribunales), formule una acusación contra tu persona.

Siguiendo con los derribos, me pregunto si las diligentes autoridades israelíes han derribado la casa de Elor Azaria, sargento de una unidad ¡médica! que disparó en la cabeza a un palestino que yacía herido e inmovilizado en el suelo y no suponía amenaza alguna para nadie en ese momento. Este caso ha tenido que ser juzgado por la grabación de un vídeo que recoge el hecho. Cabe preguntarse cuantas ejecuciones extrajudiciales, que no han salido a la luz pública, se habrán llevado a cabo en otras ocasiones por el autodenominado “ejército más moral del mundo”. La sociedad israelí, mayoritariamente, incluido el primer ministro Netanyahu, pide que una vez se sepa la sentencia, tras el veredicto de culpabilidad por homicidio (a mí me parece un asesinato alevoso), el sargento sea indultado. Esto es una sociedad enferma de miedo y racismo. Los nazis pusieron en boga, desde su delirante arcadia aria, el término “untermensch” (subhumano) para referirse a la gente del este: polacos, rusos, serbios, gitanos… y judíos. Pues eso.

Observen atentamente el vídeo y fíjense en un hecho estremecedor: después de que el sargento médico carga su fusil y dispara, ninguna persona a su alrededor se inmuta lo más mínimo. ¿Qué conclusión se puede sacar de esa circunstancia?

miércoles, 4 de enero de 2017

Camiones rigurosamente vigilados

Este encabezamiento parafrasea el título de la novela “Trenes rigurosamente vigilados” del escritor checo Bohumil Hrabal. Pero reconozco que, en primer lugar, acudió a mi mente, cambiando la palabra monstruo por camión, el título de la película de Bayona “Un monstruo viene a verme”. Ambos hacen referencia al mismo hecho: el camión, per se, sin carga explosiva alguna, como novedosa arma de terror aportada por el año 2016. No obstante, haciendo alusión a lo mismo, el enfoque es totalmente diferente. El segundo da la voz a alguien que probablemente está a punto de perderla y, lo que me hizo descartarlo, me parece que tiene una carga implícita de crueldad, que me incomoda aunque sea para usarla en un texto de opinión. Siempre he sido muy crítico con el concepto terrorismo, y siempre he pensado que los más deleznables actos terroristas realizados a lo largo de la historia han sido perpetrados, no por organizaciones clandestinas, más o menos capaces, o por los ahora llamados “lobos solitarios”, sino por estados bajo la cobertura de esa acción, hipotéticamente reglada, llamada guerra. Seguro que si alguien es cuestionado por el acto (aplicándole a este término el significado de acción concreta en un momento temporal breve) terrorista más brutal de la historia, acudirá a su mente, con imágenes diversas, el impacto de los aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York en septiembre de 2001. Sin embargo, el acto terrorista instantáneo con mayor carga de consecuencias inmediatas, en forma de decenas de miles de muertos de, literalmente, un segundo para otro, se produjo el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana, hora de Japón, sobre la carente de valor estratégico ciudad de Hiroshima. El segundo acto terrorista instantáneo más grave de la historia de la humanidad aconteció 3 días después sobre Nagasaki con una mortandad algo menor, perece que fruto de caer la bomba “menos centrada” sobre la urbe. Nunca oirán en ninguna noticia conmemorativa hablar de ese acontecimiento en términos de acto terrorista. A veces casi ni se nombra al estado que llevó a cabo, con crueldad inusitada ese acto. ¿Se imaginan la durísima adjetivación que tendría esa misma acción, año tras año, si la hubiese realizado la denostada Unión Soviética?
Después de explicar mi desacuerdo con el concepto restrictivo de terrorismo que nos imponen y que hace que muchas acciones realizadas por ejércitos no reciban esa consideración, como por ejemplo cuando el estado de Israel bombardea ese campo de tiro cerrado que se llama Gaza, siempre me gusta llevar al primer plano el respeto por ese algo intransferible que es el dolor de cada víctima y de las personas que la quieren. Por esta razón ese primer título, que hacía un artificio harto improbable con lo que pudo pensar alguien justo antes de morir o ser herido, me producía cierta desazón.
Y entonces aparecieron los Trenes rigurosamente vigilados. O también podría ser, en una extraña contradicción con el sonsonete de la paz y los hombres de buena voluntad, unas Navidades rigurosamente vigiladas. Navidades con  mastodónticas jardineras y bolardos, no como elementos decorativos o contra el incivismo voraz del coche hacia muchas aceras o espacios peatonales. No. En realidad devienen, al modo de murallas medievales, en modernas defensas, en parapetos ante un artilugio de muchas toneladas conducido por quién la mayoría de las ocasiones (y casi siempre olvidándose el carnet de identidad o el pasaporte en el lugar del crimen) habita, siguiendo con referencias culturales, en La Ciudad de Dios de la que hablaba Agustín de Hipona. El mundo civilizado plantando cara, entre villancicos y ardientes tarjetas de crédito, al bárbaro paganismo.
El año ha comenzado con varios atentados en Iraq y uno en Turquía. El ocurrido en esta última nación, y más en concreto en la ciudad de Estambul, que simboliza ese transito entre Oriente y Occidente, ha tenido, con muchos muertos occidentales, sin llegar a ser París o Alemania, amplia repercusión en los medios, donde surge de inmediato la siguiente cuestión: ¿hay víctimas españolas? La pregunta, por supuesto, es pertinente. Imagino la angustia de personas con familiares en esa zona. En Iraq, donde ha habido en este arranque de año, varios atentados con mayor número de víctimas, la mención ha sido, en términos coloquiales, de pasada, fugaz. Unas imágenes de los destrozos, casi siempre en un mercado, generalmente de una zona chií, donde se observa gente desorientada e intuyes, con lo que la pregunta no suele salir en las televisiones, que no hay ningún turista español paseando por esos lares, tan ajenos a la mentada ciudad divina, esa donde, oh paradoja, la tarde del 5 de enero se aprestan a desfilar unos magos de oriente mientras miramos de reojo que esté bien ubicada la muralla y sus almenas con guardianes que nos protegen del peligro, nada mágico, que habitando entre nosotros, siempre viene de oriente.
Navidades rigurosamente vigiladas contra camiones acechantes, como el vehículo malvado de una película de dibujos de Disney, para sentirnos más seguros. Cierto que como coletilla nos dicen, y no nos mienten, que la seguridad absoluta no existe. Y tienen razón, al menos por lo que hace al ciudadano de la calle, de esa calle hipervigilada de las grandes ciudades de la libertad donde mi  transitar y el de millones de anodinos como yo, puede ser filmado casi paso a paso. En cambio, estoy convencido de que ese primer modo de atentado rabioso de los humildes, piensen en Cánovas o Canalejas, que era el magnicidio, ir derechitos a los grandes jerifaltes políticos o económicos es ya casi un vestigio del pasado. Los grandes líderes mundiales cuentan con protecciones casi inexpugnables. Nosotros no. Nosotros vivimos unas navidades donde a los plácidos sabores dulces o salados, que rutinariamente nos felicitan, se les añade ahora el picante de la inquietud.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Fidel

Hace algo más de un mes murió Fidel. Ya pasó el gran ruido y me apetece, a mi manera, quizás algo deslavazada, expresar algunas ideas sobre quién en el trayecto final de su vida se proclamaba con el título más honorable y entrañable de los que nunca tuvo: soldado de las ideas. Soldado incansable, cada vez más humanista, de esa batalla que una izquierda timorata e ideológicamente raquítica, ante un enemigo económica y mediáticamente poderosísimo, lleva décadas perdiendo.
Creo que es el único dirigente político del planeta al que es innecesario mentar su apellido para que sea reconocido sin ningún género de dudas. Fidel es Fidel. Y punto. Todo el mundo sabe de quién hablamos. Cierto es, también, que es el único líder que, según se use en exclusividad su nombre de pila o su apellido, revela la simpatía o antipatía de quién le cita. Yo, desde que oigo a algún opinador hablar de Castro me pongo en guardia mental, pues sé que el enemigo acecha. Y es que con Fidel mi espíritu crítico se achanta y este callejoncillo desde el que escribo se convierte en el teatro de los panegíricos. Es justo advertirlo por si alguien detesta este tipo de discursos laudatorios y no quiere afentrarse más en el callejón. Para mí, ya son legión los piratas, nunca más apropiado el término, que bailan sobre la caja del muerto.
Sí, Fidel es un gigante que puso, cierto que con la notable contribución del poderoso enemigo estadounidense, en el mapa de la relevancia mundial a un pequeño país caribeño de once millones de habitantes. Pondré dos ejemplos que muestran esta significación.
El primero hace referencia mi labor como docente. Su ámbito es el aula de un Instituto de la localidad de Jinámar, en la isla de Gran Canaria. Algunos días después del deceso de Fidel fui cuestionado acerca de él por una alumna de 4º de la ESO. Este dato es indicativo de la dimensión del personaje. Salvo cuestiones sobre los regidores del Imperio, bien Obama o, ahora Trump, es muy raro que el alumnado pregunte sobre algún político extranjero (tampoco es habitual que lo hagan por los nacionales). Señalé Cuba en el mapamundi, algo más grande que Andalucía, con sus cien mil kilómetros cuadrados, y posteriormente procedí a señalar Francia, Alemania, Brasil, Argentina, Reino Unido o China. Todos, conocedores de Fidel, ignoraban los nombres de los dirigentes de esas potencias mundiales. Pero, no obstante, en casa seguro que alguna vez se ha hablado, aunque sea jauría informativa mediante, de un hombre que no ejercía el poder desde hacía más de diez años en un pequeño país a seis o siete mil kilómetros de distancia de nosotros. Algo parecido sucedió con Chávez, que, por arte y gracia de plantearse un asunto tabú llamado socialismo, situó a Venezuela en el mapa mundial.
El segundo hace referencia al ámbito de la información nacional. Pocas horas después de la muerte de Fidel, un sábado, La Sexta emitió un especial de “Al rojo vivo” dedicado a su figura. Díganme que otro dirigente latinoamericano, en el poder o apartado desde hace diez años de él, habría provocado la emisión de un espacio de esas características un día que no sale a antena: ninguno. Y si ampliamos el espectro al resto del planeta, sobran dedos en una mano para contarlos. Vi, y fue suficiente, los diez minutos finales del programa. Nada nuevo, ni inteligente, bajo el sol. Ferreras repitiendo su mantra: dictador, dictador… y un mendrugo de la contrarrevolución (así no se comen un rosco) diciendo que Cuba estaba peor que Haití. Esto sonó a chiste de mal gusto. Apenas un mes antes un huracán que en Cuba causó grandes destrozos materiales pero no costó ni una vida humana, en Haití provocó más de quinientos muertos. Y además, el indocumentado opositor debe desconocer que quiénes primero asisten a los haitianos, cuando les asola un huracán o un terremoto, son las brigadas médicas cubanas. Esas que son responsables de que en la zona de Cachemira, en Pakistán, devastada por un terremoto que causo 86.000 muertos en 2005, haya niños que se llaman Fidel.
Volviendo al ámbito de mi desempeño académico, cuando arranco las clases de historia de 4º de la ESO, siempre les leo el poema de Bertolt Brecht “Preguntas de un obrero que lee”, pues es la bandera de los seres humanos comunes y anónimos como hacedores indispensables de la historia, más allá de las personas que adquirieron fama y han legado sus nombres a la posteridad. Sin embargo, aún defendiendo esta postura, creo que el triunfo de la Revolución Cubana y su dimensión de gran acontecimiento del siglo XX, es impensable sin el liderazgo carismático de Fidel, donde tengo la impresión de que se mezclaban, no sé en que proporción para dar tan exitosa fórmula, el estudio y una inteligente audacia no sometida a rígidos cánones.
La Asamblea Nacional de Cuba acaba de aprobar, por expreso deseo de Fidel, que no se le erijan monumentos, ni bustos; ni que plazas, calles o edificios públicos lleven su nombre. Y esto me conduce a una imagen y a una frase que alguna vez escuche atribuida a Nadezhda Krupskaia, esposa de Lenin. La imagen es la de un escultor de la época soviética en una gran nave, cual esforzado trabajador estajanovista, rodeado de estatuas y bustos de Lenin. Imagen inquietante que enlazo con la frase atribuida a Krupskaia, que decía, tras la muerte de Lenin, que la mejor manera de honrarlo era construyendo escuelas y hospitales. Al final lo embalsamaron a él, y al poquito tiempo embalsamaron también aquello que en palabras de Luis Eduardo Aute nunca puede tomar asiento y siempre debe estar de paso: el pensamiento. Siempre me ha rondado la idea de que el caudal de representaciones iconográficas de Lenin era inversamente proporcional al caudal de pensamiento revolucionario, no burocratizado. Y esta reflexión es interesante, pues estamos a horas de entrar en el año que conmemora la revolución política más importante de la historia: la soviética. Y aquí creo que es básico traer a colación la definición que en año 2000 dio Fidel del concepto Revolución:
“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo”.
Tan antológica, como ambiciosa y no llevada a la práctica hasta ahora en su totalidad en ningún lugar del planeta. Pero marca un horizonte en el que cualquier persona de izquierdas (o de los de abajo) debe poner su mirada. Me permito resaltar un punto de esta declaración que a mí me parece esencial y que ha sido descuidado en muchas ocasiones: no violar principios éticos. Reconozco que no concibo una sociedad socialista, donde la moral, en el sentido de no conculcar derechos inalienables del ser humano, sobretodo si es un enemigo, no sea una piedra angular de su proyecto. También, para una cierta izquierda despistada, me permito señalar que en la última línea del texto se engarzan los conceptos patriotismo, socialismo e internacionalismo. Circula una expresión que se utiliza como arma contra los movimientos independentistas: el patriotismo (equiparándolo a nacionalismo) es el último refugio de los canallas. Y quién lo dice se queda tan ancho y en un alarde se proclama “internacionalista”. Fidel era un patriota cubano que, amando a su patria, amaba la lucha de los pueblos por su liberación. Así, Cuba ejerció el internacionalismo luchando militarmente en Angola contra los títeres del apartheid y contra el propio ejército sudafricano. O, en otra vertiente mucho mayor y reconocida hasta por la ONU, enviando a muchos lugares del planeta asolados por catástrofes naturales, a  esa Organización SI Gubernamental que son las brigadas médicas cubanas.

Acabo haciendo referencia al poema “Canción para un niño en la calle”, cuya versión de Mercedes Sosa con Calle 13 (que da voz a ese niño de la calle, que tiene muchas nacionalidades, pero no la cubana) añado al final de este texto como exponente de las desigualdades contra las que Fidel siempre luchó. El penúltimo verso dice: “porque nadie protege esa vida que crece”. Creo que ese es el sentido esencial, con claroscuros, que quiso darle Fidel a la Revolución Cubana: contribuir a que, desde niños, la vida florezca en cada ser humano.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Agitando rencores o el mensaje del rey

En su alocución (un discurso lo asocio con un aliento más vigoroso) del 24 de diciembre por la noche, entre un charquito de vaguedades que a nada comprometen y lugares comunes que sirven para que los lacayos se apelotonen e inclinen la cerviz, el nieto político de Franco se permitió leer lo siguiente: “son tiempos para profundizar en una España de brazos abiertos y manos tendidas, donde nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas”.
Palabras del rey de la monarquía restaurada por el genocida fascista que responde al nombre de Franco, del rey del inefable país de AlkaEta. Ese país donde los títeres gobernantes, con el necesario coro de linchadores mediáticos mandaron al trullo, donde seguro que los recibieron “con brazos abiertos y manos tendidas”, a unos humildes titiriteros que desconocían que la policía, en sus diferentes versiones, es un cuerpo seráfico más infalible que los dogmas de la Santa Madre Iglesia. En este río lleno de meandros que es mi mente, o sea, mis textos, aprovecho para expresar el sentimiento al que aludía en el título de mi último y ya lejano texto (cuatro meses de silencio fruto de una pregunta hedionda pero certera que se me atravesó: si casi no te leen, escribir…¿para qué?). Me refiero al asco, otro más, que he sentido por el tema de Alsasua. Una pelea de madrugada entre vecinos de esa localidad Navarra y dos agentes de la guardia civil fuera de servicio, con la terrible consecuencia de un agente lesionado en un tobillo y el otro con contusiones nunca vistas, acabó con nueve personas acusadas de terrorismo y enfrentándose, por una riña, a posibles condenas de años de cárcel. Ese mismo acto en otro lugar del estado español, salvo Cataluña claro, no pasaría de un juicio por lesiones. Los “viejos rencores” que nos mienta el Borbón, aquellos que afectan al enraizado fascismo patrio y a esa nadería que son las 114.000 víctimas que moran en cunetas y fosas comunes, que no tenga el mal gusto de agitarlos ningún hijo octogenario o nieto latoso y resentido que aún no se ha enterado de que sus heridas, aunque supuren, ya están cerradas; los rencores recientes, esos que los medios serviles adornan tan bien, en dura competencia a ver quién nos presenta el coctel más derechista, son bien agitaditos para potenciar su efecto narcotizante. No he visto que ninguna de las grandes cadenas televisivas haya ido a investigar que pasó esa madrugada, a obtener la versión la parte criminalizada y cuasi condenada. El 20 de noviembre el activista sin techo Lagarder se manifiesta portando un cartel que reza: “Franco asesino” (o sea, se queda corto), ante una de las concentraciones en homenaje al mayor líder terrorista español del siglo XX y recibe, por parte de algunos participantes, una manita de hostias. Hay imágenes de la agresión. Pero lo que más de un mes después de los hechos no hay, son encarcelados o procesados. También son pretensiones mías ambicionar que la ley sea igual para el socialista abertzale navarro y para el fascista madrileño (obvien el gentilicio y quédense con la filiación ideológica). Y me imagino que el señor Lagarder cuando estaban zurrándole debió sentirse, quizás, en la misma, e incluso mayor medida que unos guardias civiles, a los que el valor siempre se les supone, algo aterrorizado por tantas manos que se le tendían.

Siguiendo con la aberrante (y asqueante) comparativa, la leña o el ensalzamiento fascista no son perseguidos en España. La fogata de Borbón, sí. Militantes de la CUP fueron procesados y llevados ante la Audiencia Nacional por quemar fotos del Borbón. ¿Cuántos procesamientos y años de cárcel deberían suponer todos los derechos sociales, derechos humanos inalienables, conculcados durante estos años? No obstante, el 24, en su mensaje, el electo por cojones (describo, no menosprecio) no tuvo la dignidad de expresar su repulsa por un procesamiento que entra de lleno en el marco de la libertad de expresión. Sí. Su repulsa. Sería el mínimo gesto esperable en alguien que no tiene la grandeza moral de, siguiendo la valoración del líder peneuvista Aitor Esteban, despertar a la marmota y anunciar que somete su institución, con 40 años de retraso, al escrutinio directo de los pueblos que, por ahora, componen España. Felipe, que por mucho que lo proclames Alberto Garzón aún no es el ciudadano Borbón, está tan carente de grandeza moral como otros van sobrados de cobardía o, en el más benevolente de los casos, de tacticismo. No hablo del bipartito y medio: el PPSOE y el hiperactivo hermano menor Ciudadanos. Hablo de Podemos, que pierde otra ocasión de declararse inequívocamente republicanos. Particularmente tengo claro que ya no votaré, si vuelvo a hacerlo, a ninguna organización de izquierdas o de los de abajo (aquí no incluyo al PSOE, ese ente que se mueve envuelto siempre por el repugnante aroma de la traición) que no defienda explícitamente la forma de estado republicana. 

sábado, 3 de septiembre de 2016

Faces del asco

Reconozco que hay una palabra que a menudo me ronda en este callejón donde intento expresarme sin excesiva autocensura. Y sé que no es una palabra hermosa o alumbradora. Ni siquiera tengo claro que sea una buena lanzadera para la reflexión, aunque se supone que a quién por aquí transite lo que intento ofrecerle es eso: las vueltas que le doy al magín sobre algunos aspectos de la realidad, más allá de la ínfula, imbécil y condenada a la derrota, de buscar una cierta originalidad en los planteamientos.
Sí. Muchos de los textos que emborronan estás paredes tienen su origen en una condensación del hastío, la repugnancia y la desvergüenza que en mi mente se plasma en un término que los unifica: asco.
Pondré dos ejemplos. Los dos son detalles, quizás de escasa importancia pero que, para mí, revelan dos faces de la miseria moral y la falacia.
El primer detalle hace referencia a la bienvenida que tanto Rajoy como su epígono Rivera dieron en sus cuentas de Twitter a la firma de la paz entre el Gobierno de Colombia y las FARC. No olvidemos que en cualquier medio de difusión de masas del estado español hemos leído o escuchado, hasta la saciedad, la catalogación de las FARC como organización terrorista. Este acuerdo, como ambos líderes deben saber, implica que las FARC realizarán su lucha política exclusivamente por vías pacíficas, presentándose los que hoy son guerrilleros a las contiendas electorales tras abandonar definitivamente las armas que han empuñado durante más de 50 años. Armas que, entre gobierno, paramilitares y guerrilla, han costado la vida a alrededor de 200.000 personas. Por eso da asco que Rajoy y Rivera aplaudan fervorosamente en Colombia lo que ellos, con mísero cálculo electoral, combaten en su propio país mediante la figura de Otegi, al que, usando el parapeto judicial, quieren impedir que se presente como candidato a lehendakari. Y, expresando mi postura reiterada de que el dolor de cada víctima es intransferible y que cada conflicto es peculiar, sorprende la liviandad interesada, no es dato baladí que EEUU apoya el acuerdo, de estos sujetos con 200.000 muertos y la picajosidad, más interesada aún, con algo más de 800 en periodos de tiempo similares.
El segundo detalle, de carácter simbólico, creo que ha pasado, al menos mediáticamente, mucho más desapercibido. Viene, foto incluida, en el digital InfoLibre: “El Congreso se iluminó anoche de verde para denunciar el drama de los refugiados y en recuerdo del niño Aylan Kurdi que se ahogó en una playa de Turquía”. Los que huyen y el niño convertido en emblema, en símbolo a su pesar entre los más de 400 niños anónimos ahogados el último año en el Mediterráneo, son recordados iluminando un Congreso en el cuál es mayoritario un partido cuyo gobierno no ha recibido ni al 5% del cupo al que se comprometió con la Unión Europea, organización que a su vez ha sido una pieza básica en el engranaje, liderado por EEUU, que ha desestabilizado y hundido en la miseria a países como Libia, Iraq o Siria que poseían niveles de vida que estaban en parámetros bastantes aceptables. Al juego siniestro y asqueroso con millones de seres humanos desplazados, respondemos iluminando el Congreso con una tonalidad de Cazafantasmas que poco implica, pues estas acciones nunca van a las raíces. Y quién plantea buscar alguna raíz en este lodazal, por ejemplo, desde el estado español, salir de la organización imperialista OTAN, que convirtió Libia en un estado fallido, es directa y orquestadamente, sin que quepa un debate serio, demonizado. Y que conste, para los que me consideren casi un orate, que hace 35 años toda la izquierda (PSOE incluido), defendía esa no pertenencia que hoy la mayoría de la población consideraría una locura, pues, Ley Mordaza aparte, la libertad de expresión pervive en un campo de pensamiento cada vez más cercado.


sábado, 27 de agosto de 2016

¿Regalo o robo?

La noticia salió hace unos días. Una más del cotidiano aluvión informativo, carne de relleno entre las catástrofes naturales y el miedo a los extraños suicidas, convertidos al martirio en tiempo digno de record de los fenecidos Juegos Olímpicos. Una noticia estadística más, que a la inmensa mayoría de quiénes la leyeron les dejaría o indiferente o resignado con un toque de hastío o pensando que, en estos tiempos, es lo que toca.
La noticia dice así: el 53,7% de las horas extras trabajadas en el segundo semestre de este año, según la Encuesta de Población Activa, no se pagaron ni se compensaron de otra manera. Se realizaron semanalmente 6,2 millones. De ellas, 3,3 millones no tuvieron pago alguno.
Vamos a otorgarle al trimestre 12 semanas. Multiplicado por 3,3 millones semanales, resultan la nada despreciable cantidad de 39,6 millones de horas extras. Adjudicándole a la hora extra un valor medio, no sé si excesivo pensando en los tiempos que corren, de 10 euros, nos da un total de 390,6 millones de euros que los trabajadores dejaron de cobrar en el mentado segundo trimestre. Si, siguiendo el juego matemático, proyectáramos la cifra trimestral a un año estaríamos hablando de más de 1.560 millones.
Salvo circunstancias excepcionales, que pueden darse en un determinado momento en una empresa, hay dos posibilidades: o hay una masa trabajadora que ama a sus patrones y les quiere regalar, en un extraño amor al arte, parte de su tiempo de trabajo, o los dueños de las empresas, sabiendo la situación de desempleo que acucia al país, roban en un trimestre 390,6 millones de euros a una masa trabajadora precaria, temerosa de perder su puesto de trabajo.
Sí, aunque no haya pistola o navaja de por medio, no me parece excesivo utilizar el término robo, pues lo que subyace es un enorme aprovechamiento de la necesidad. Y es necesario un lenguaje duro, combativo. Un lenguaje que desnude, que libere a muchas personas que visten con el ropaje, ideológicamente conservador y paralizante, del agradecimiento hacia quién en muchos casos le sustrae, impunemente, un tiempo que no le pertenece.

domingo, 21 de agosto de 2016

Votar el 25 de diciembre

Recuerdo que mis padres y yo (niño con edad para guardar instantes en la mente, pues May partió muy pronto y Efrén llegó bastante después, cuando la lógica de la edad empezó a marcar una cierta dispersión), pasábamos las fechas más señeras de la Navidad en casa de mi tía Lola. Desde mi perspectiva eran días alegres, aunque punteados por la flagrante contradicción de ansiar, con una cuenta atrás lentísima, un Día de Reyes que traía como indeseable regalo de propina la vuelta al colegio. Uno de los momentos que sigue registrado en mi memoria es cuando en el paso del 24 al 25 de diciembre (Natividad del Señor y un puñado de dioses más), en mitad de la fiesta, mi tía o mi abuela colocaban al niño Jesús en un pesebre ubicado en un belén colgado de la pared y que tenía forma de botijo. Buscándole una explicación, probablemente peregrina, pienso en el modernismo pop del tardofranquismo de finales de los 60, con Massiel y su apoteosis eurovisiva, y en la apertura, al menos formal, que planteó el Concilio Vaticano II.
Desconozco en que medida sigue en vigor esa tradición de tener el niño guardado hasta el primer minuto del 25, pero cuando me enteré de que el gobierno había programado la investidura de tal manera que en caso de fracaso se fuera a votar el día en que parió ese ser poliédrico que es la Virgen María, me acordé del hueco vacío en el belén de mi infancia. Y pensé, si al final esa cita electoral se lleva a cabo, que a falta de un candidato que se llame Jesús, el mejor posicionado y con perspectivas de engorde electoral, para reocupar el botijo-pesebre monclovita, es un tipo… Mariano.
Reconozco que, desde antes de esta malévola genialidad del PP, ya me daba morbo la posible repetición de las elecciones, con el resentimiento del rojo crepuscular. Ahora, conocida la previsible fecha, en un acto de absoluta y gozosa irresponsabilidad, con la maldad del rojo resentido, anhelo que el 31 de agosto Pedro Sánchez, pie en tierra, aguante el envite (que intente armar un gobierno rojo-separatista podría costarle la muerte, social por supuesto) y nos conduzca a unas elecciones apoteósicas, con turrones, papeletas y miradas asesinas en las antemesas, mesas o sobremesas familiares. Con impíos nietos podemitas emborrachando a sus abuelos peperos en Nochebuena para, resaca descomunal mediante, sisarle votos a la derecha. 
Yo sé quién le indicó a Rajoy la vuelta de tuerca, maestra, al garrote vil en el que está el cuello de Pedro Sánchez. Fue un visionario (no se confundan, no en la acepción que implica ver más lejos): el Ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, que tiene como asesor personal a un ángel llamado Marcelo. Con las instrucciones mafiosas para destruir la reputación de los independentistas catalanes y las leyes mordaza que elabora este hombre influenciado por un ente bondadoso, aún habrá que dar gracias de que, tal como se reflejaban los conflictos de conciencia en los dibujos animados, la otra oreja no se la caliente un diablillo ceñudo que pretenda llevarlo por el mal camino. Un camino que, con vírgenes alcaldesas perpetuas y condecoradas que han atendido la petición de Fátima Báñez de que se cree empleo, mal pagado y precario pero que los aterrorizados trabajadores reciben como maná, se percibe como un ahondamiento, muy fructífero para el pensamiento conservador, del descrédito de la política. Mientras tanto, desde hace decenios, sin necesidad de convocatoria navideña electoral alguna, la izquierda, en el terreno fideliano y esencial (felicidades por los 90 comandante) de la batalla de las ideas, se empeña en estar en Belén con los pastores.