viernes, 20 de octubre de 2017

Los presos de Mariano (y Pedro)

Lo he dicho en alguna ocasión y lo reitero, desde mi punto de vista hay un tipo de nacionalismo que es oprobioso: el imperialista. Ese nacionalismo que, pongamos que hablo del gran país que habita Joaquín Sabina (pobres quiénes moran pequeños países humildes que, siguiendo el poema de León Felipe nunca tuvieron una casa solariega), celebra como fiesta nacional una invasión sangrienta de otros pueblos disfrazada de descubrimiento.
Este tipo de nacionalismo, que es el español, lleno de una ofensividad que genera cantos tan hermosos como el “a por ellos”, incomparable loa a la fraternidad, ha tratado al presidente Nicolás Maduro y anteriormente a Hugo Chávez, con todo tipo de lindezas despectivas. “Conductor de autobuses” (guagüero decimos en Canarias), se ha espetado al primero desde una visión aristocrática, con la intención de menospreciarlo en base a lo que consideran una insuficiente preparación académica que lo invalidaría para el cargo. “Gorila rojo” era el calificativo usado contra Chávez para intentar rebajar a la categoría de vulgar militarote a quién ya es un revolucionario fundamental en la historia de América Latina. Un revolucionario bajo cuyo nombre la izquierda venezolana sigue ganando elecciones: la última el domingo 15 de octubre obteniendo la victoria en 18 de las 23 gobernaciones en disputa.
Las esferas del poder en el estado español siempre hablan del régimen de Maduro y de los presos políticos de Maduro (antes lo eran de Chávez). Ante ese machaqueo muchos españoles están convencidos de que en Venezuela no hay jueces o, si los hay, son simples marionetas.
Esos mismos entes, en cambio, alardean de una independencia judicial, la española, cada día más en entredicho. El 12 de octubre el periodista Arsenio Escolar escribió en twitter, tras el besamanos ante el nieto político de Franco, que en los corrillos se especulaba conque el lunes 16 irían a la cárcel al menos dos de las cuatro personas llamadas a declarar a la Audiencia Nacional por un hipotético delito de sedición. Lo clavó. Cuixart y Sánchez llevan ya varios días en la cárcel. Hay nuevos presos políticos en el estado español. Sí, presos políticos, señores del PSOE y demás gente de alma cándida o cínica. Es reduccionista considerar preso político a aquel que solo lo es por lo que piensa o expresa. Están en la cárcel por su acción, guste o no bastante exitosa, conducente al logro de sus objetivos políticos, no personales.
Digo que hay nuevos presos políticos porque recuerdo a Aisha Hernández Rodríguez, en Canarias, a Alfon, en Madrid o a los tres jóvenes de Altsasu, ya casi un año en prisión provisional por ver convertido en delito de terrorismo una riña de bar con guardias civiles. Ahora entran al trullo los llamados Jordis, máximos representantes de algo que ha caracterizado, e incluso singularizado, al movimiento independentista catalán: su absoluto compromiso con la no violencia. Del 1 de octubre al día en que escribo, apenas 20 días, ha generado más violencia el unionismo trufado de grupos fascistas que seis años de movilizaciones independentistas.
Sabemos que ningún juez deja su ideología en casa cuando se pone la toga. No pocas decisiones, incluso de gran relevancia, se toman con votos particulares que expresan una posición contraria al fallo. Y se supone que todos los jueces están aplicando los mismos códigos. Si todo fuera mera técnica judicial, una simple tarea de cuadrar el articulado legal, las sentencias se redactarían solas tras, con el programa adecuado, introducir en un ordenador los datos pertinentes. Si los grandes medios de comunicación españoles fueran coherentes, esos que defienden a Leopoldo López como paradigma del preso político (yo no le niego esa condición) estando condenado por incitación a una violencia que causo 43 muertos en 2013, tendrían que asumir que las dos personas que han liderado un movimiento pacífico en Cataluña también lo son.
Lo peor del asunto, y aquí quizás me aparto un poco de la intención original del texto, es que la posible independencia de Cataluña “brilla, fija y da esplendor” (siguiendo el lema de la unionista Academia de la Lengua) en amplios sectores de la sociedad española su huero concepto de patria. Me impresionó un whatsapp en el que se habla, con el colofón de una ristra de banderitas monárquicas, de que, secuestrado Puigdemont bajo amenaza de ser quemado vivo, los patriotas hispanos educados en el ¡vivan las caenas! aportan, gustosamente, combustible, madera y mecheros suficientes para quemar al govern completo.
No, no todas las banderas son iguales, ni todos los delitos de odio tampoco lo son. Al menos para la injusticia española.

sábado, 14 de octubre de 2017

Entre la mofa y el silencio del Parlem

Desde diferentes ámbitos, no olvidemos el famoso Parlem, se le solicitó al govern catalán que no hiciera una DUI en aras de no cerrar todas las vías de diálogo con el gobierno español. El 10 de octubre en sede parlamentaria Puigdemont declaró la República Catalana y la dejó en suspenso a los pocos segundos para favorecer una hipotética negociación. A los 15 o 20 minutos recibo en mi whatsapp una imagen donde se ve un bebé boca abajo con la cara del president y el pañal cagado. Más o menos al mismo tiempo me llega otro de mi hijo que me dice: el profesor (de la facultad de Ciencias Jurídicas) ha comentado que Puigdemont ha dado marcha atrás. Las primeras conclusiones o lecturas de los unionistas sobre lo ocurrido tienen un cierto recochineo: victoria, el infiel a la indivisible patria hispana se ha asustado. Tanto, suelta el chisposo fascistilla de turno, que la única empresa que quiere desembarcar en Cataluña, cuando todas cambian sus domicilios sociales, es la de dodots. No lo pueden evitar. Les sale por los poros esa chulería repugnante tan propia de la mentalidad de derechas española (criada con diferentes dosis de heroicas conquistas de América, fundacionales Reyes Católicos y un fascismo sanguinario que dominó el estado español durante 40 años y nunca fue derrotado). Da lo mismo que la persona que te haga llegar el whatsapp se autocalifique de izquierdas, el PSOE también lo hace, es una mentalidad, esa sí, preñada del peor nacionalismo existente: aquel que tiene vocación imperialista, de dominio de otros territorios. Precisamente el que vimos campar el 12 de octubre, triste día de la fiesta nacional española que conmemora el inicio de la masacre que se llevó a cabo sobre el continente americano, por mucho que le disguste a algún teórico sobre imperialismos creadores y destructores y a los defensores de la perfidia de la Leyenda Negra. En un vídeo de Sociedad Civil Catalana, la más importante entidad unionista de Cataluña, en el que salen una serie de niños libres de todo adoctrinamiento, se llega a decir que España es un gran país que dominó cinco continentes. Puro alarde imperialista que obvia el sufrimiento que dicho dominio supuso sobre la población originaria. Y no se pretende reescribir la historia, pero tengamos claro que ha dejado muchas más cicatrices sobre la piel del planeta el nacionalismo imperialista y su rapiña que las fronteras.
Creó mofa en las redes que Anna Gabriel dijera en el pleno del Parlament lo siguiente: “somos independentistas sin fronteras”. Que es lo mismo que decir que somos patriotas sin fronteras. Desde mi perspectiva no es tan difícil de entender: hacía referencia a que ellos sí tienen verdadera vocación internacionalista, de apoyo a las causas justas de cualquier pueblo en cualquier lugar del mundo. Ese es el verdadero internacionalismo de izquierdas: el que intenta ayudar a cada pueblo a ser, libre de engolamientos y cantos vacíos, una patria decorosa y justa para la gente que la habita. Nunca es internacionalismo esa bobada de algunas personas de cartera llena que te espetan: “yo soy ciudadano del mundo”. Pues claro. El dinero, ese gran internacionalista, es el sésamo del cuento que volatiliza las concertinas y abre las fronteras. Las que necesitan una patria, en el sentido que a ese término le da un pueblo tan solidario como el cubano, que ahora conmemora el 50 aniversario del asesinato por el imperialismo de ese patriota e internacionalista llamado Ernesto Guevara, son las personas más humildes del planeta. Son esas patrias las que tienen banderas cargadas de un significado concreto, real, y no enseñas vacías que anclan su razón de ser en miserables glorias e injusticias. Por esa razón, no es lo mismo la bandera republicana que la monárquica, aunque el aguilucho lo hayan guardado. Y por esa misma razón, en cualquier lucha social para conservar o ganar derechos es una bandera extraña, inexistente porque la inmensa mayoría de las personas que la sacan a pasear son patriotas falsos, gente ajena a cualquier tipo de lucha o compromiso social que no sea celebrar una victoria deportiva o arengar a una tropa invasora.
Acabo volviendo al inicio, al Parlem o Hablemos que se movilizó a fines de la pasada semana con importantes dirigentes del PSOE en su seno a los que nunca se me ocurriría tachar de oportunitas. Es curioso el silencio que mantienen esas buenas personas después del gesto dialogante de Puigdemont. Lo dije en su momento: podría ser una estrategia blanda para parar la DUI. Espero que me desmientan saliendo a la calle para solicitar al gobierno que no use el 155 y se siente a negociar sin condiciones. ¿Cómo? ¿Qué hay que negociar en el marco de la Constitución? A ver si me dicen los sacerdotes del nuevo libro sagrado en que artículo se recoge el diálogo que llevaron a cabo los señores González, Aznar y Zapatero con la organización (ex)armada ETA. El problema, sospecho, es que la acción del movimiento independentista catalán, pacífico y con cero víctimas mortales, es potencialmente mucho más sangrante para el estado español que la ya fenecida acción de ETA.

lunes, 9 de octubre de 2017

Del Parlem al palo o del blanco al rojigualda

Ante la posibilidad de que tras la celebración, en condiciones heroicas, del referéndum que según el gobierno español nunca se iba a celebrar, se declare la independencia por parte del Parlament, ateniéndose al mandato recibido por más del 90% de los votantes, se dibujan dos líneas de respuesta o de disuasión. Ambas se movilizaron el sábado y el domingo en las calles del estado español y de la propia Cataluña.
La línea que podríamos catalogar como blanda, es la que se expresó el sábado ante muchos ayuntamientos: gente vestida de blanco (color vinculado a la paz ¿y a la rendición?) reunida bajo una advocación, una fe a la que nadie, al menos de dientes afuera, le hace ascos: el ya famoso “Parlem” o “Hablamos”. Si algo gusta a casi todo el mundo es catalogarse de dialogante. Desde entes gigantescos y apabullantes como el Gobierno de EEUU hasta microorganismos como un profesor mindundi con tics autoritarios, cualquier bicho racional ha dicho alguna vez: “hablando se entiende la gente”. Y parece que tras decirlo has crecido, aunque sea moralmente, un par de centímetros. Obviaré, no es el asunto, que hablando también se desentiende mucho la gente y que, al menos en el diálogo sobre un conflicto político, siempre están sobre la mesa, ajenos a la mayor o menor entidad de las razones expuestas por cada parte dialogante, los poderes materiales, los instrumentos coercitivos que puede emplear cada una de las partes citadas.
Parlem es lo que llamaríamos, los que tenemos una cierta mala uva, una iniciativa buenista, que quizás sea necesaria, pero a mí acude, con hebras de maldad, una pregunta que mancha la pureza del planteamiento: ¿hablar de qué? Es lo esencial. ¿Cuál es la cancha, qué superficie tiene el terreno en el que van a contender los sujetos dialogantes? ¿Las Tablas de la Ley Constitucional?
Para que el diálogo no esté condenado de antemano al fracaso absoluto tiene que partir de la realidad existente, no del marco inflexible que establece una constitución, cuando en una zona del territorio actual del estado español, Cataluña, se ha desbordado por buena parte de la población el marco constitucional votando en unas condiciones de acoso policial pocas veces vistas en el planeta. A esa fuerza que representan los dos millones de síes obtenidos en medio de la adversidad no los eliminas declarando la votación ilegal. El centro de toda negociación, más allá del Parlem etéreo, solo puede ser una consulta vinculante en la que aparezca el término independencia.
La línea dura se expresó el domingo en Cataluña con la masiva manifestación en la que Vargas Llosa (que apoyó en su momento a Ollanta Humala, líder del Partido Nacionalista Peruano), flirteando con la estupidez, expresaba su rechazo total a los nacionalismos ante una masa enfervorizada de nacionalistas españoles. Esa línea dura dejó claro que su única línea de negociación es el reclamo más coreado: “Puigdemont a prisión”. Algo hemos avanzado, pues la hipotética rima podría permitir ir un paso más allá en el castigo solicitado. Paso que hoy ha dado el impagable (por andar siempre sin careta, a fascismo descubierto) Pablo Casado augurándole a Puigdemont el fin que tuvo Lluis Companys. En este lunes de resaca españolista, henchidos los corazones, el
catalán de bien que diría otro descaretado como Albiol, exiliado en el Madrid de Aguirre, Albert Boadella, ha declarado: “El estado debe aplicar (en lo que sería una actuación pedagógica, según él) un electroshock legal, y si es necesario, militar”. Aparte de su necesidad de epatar con cada palabra que sale de su boquita, se apunta a la vía Companys como marco de resolución del conflicto.
Entre las dos líneas, haciéndose casi un nudo, un PSOE que se viste de blanco el sábado solicitando mucho e inconcreto Parlem y que el domingo se manifiesta de rojigualda en Barcelona sin la presencia de un Iceta que manda a actores secundarios para no verse contaminado por los saludos fascistas que salpimentaron la manifestación unionista. Como guinda, el discurso de un miembro de la vieja guardia socialista, Borrell, que define las fronteras como “cicatrices que la historia ha dejado en la piel de la Tierra”. Todos los movimientos de liberación que surgieron en África, en Asia o en América dejaron la piel de la tierra llena de cicatrices. Tenían que haber protegido la piel tersa de sus imperios manteniéndose sumisos en vez de empeñarse en guerras que causaron, sí, enormes cicatrices sobre todo en su propia población. Sí, ya sé que alguien me dirá que no hablamos de territorios colonizados, que cuando la URSS y Yugoslavia saltaron en multitud de estados independientes Borrell y todos los internacionalistas de nuevo cuño del PSOE y sus intelectuales progres adláteres, andaban mesándose los cabellos por las esquinas.
En homenaje a todos los neointernacionalistas termino transcribiendo aquí el artículo 10 de la Constitución de 1812, cuando la nación española aún intentaba mantener, aunque fuera a sangre y fuego, un planeta libre de cicatrices:
 “Art. 10. El territorio español comprende en la Península con sus posesiones e islas adyacentes: Aragón, Asturias, Castilla la Vie­ja, Castilla la Nueva, Cataluña, Córdoba, Extremadura, Galicia, Gra­nada, Jaén, León, Molina, Murcia, Navarra, Provincias Vascongadas, Sevilla y Valencia, las islas Baleares y las Canarias con las demás posesiones de África. En la América septentrional: Nueva España con la Nueva-Galicia y península de Yucatán, Guatemala, provin­cias internas de Oriente, provincias internas de Occidente, isla de Cuba con las dos Floridas, la parte española de la isla de Santo Domingo y la isla de Puerto Rico con las demás adyacentes a éstas y al continente en uno y otro mar. En la América meridional, la Nue­va Granada, Venezuela, el Perú, Chile, provincias del Río de la Pla­ta, y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas Filipinas, y las que dependen de su gobierno”.
Defendamos el imperio mundial de los plutócratas, que se cree un gran consejo de administración mundial y que caigan  definitivamente, todas las caretas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Convoyes y odio

Últimamente nos hemos acostumbrado a oír hablar mucho del delito de odio. Unos cuantos tuiteros saben que hacer chistes sobre el atentado que le costó la vida al líder fascista Carrero Blanco puede llevarte ante los tribunales de justicia. Circunstancia que, aunque no acabes en la cárcel, supone una llamada de atención que quizás te lleve, en cierta medida, a autocensurarte, pues sabes que una segunda condena acarrea la entrada en prisión. Otro clásico de la justicia hispánica reciente es la posibilidad de acabar en el banquillo por apología del terrorismo, pues la AVT u otra organización similar siempre están con el radar puesto. Radar que, curiosamente, funcionaba bastante menos cuando ETA estaba operativa. No es el objeto de este texto, pero es bueno recordar el inmenso valor que tienen unas víctimas en España con respecto a otras que yacen en cunetas y cuya mofa o escarnio, que yo sepa, nunca ha conllevado recibir una de esas citas judiciales que hoy se multiplican en Cataluña.
En estos días que, parafraseando a Silvio, la historia dirá si tienen absolución posible, la línea roja que separa la libertad de expresión de un banquillo de los acusados es cada vez más delgada y quebradiza. Cierto es que esa línea tiende a ser más frágil cuanto más a la izquierda del espectro político se sitúe la persona que la bordee. En estos días inciertos la fiscalía actúa como un redivivo Tribunal de la Inquisición que rastrea con lupa cualquier posible coacción o amenaza en Cataluña (de lo más que han podido hablar los militantes medios de comunicación antirreferéndum ha sido de alcaldes socialistas que se han sentido incómodos porque parte de sus vecinos les han reclamado que cedan espacios municipales para poner urnas) por parte de quiénes promueven el 1-O. Es bochornoso que una institución siempre avizorante ante el hipotético delito de odio de los débiles, y presta a encarcelar preventivamente durante casi un año a tres jóvenes de Altsasu por una riña saldada con el tobillo roto de un guardia civil, esté ciega ante el cántico más amenazante, y lleno de inquina, que se ha escuchado en tantos días de movilizaciones. Me refiero, por supuesto, al ya famoso “a por ellos oé, a por ellos oé”. En diferentes lugares del estado español una fuerza armada, cual convoy heroico presto  a recuperar una tierra de infieles, ha salido de sus cuarteles rodeada de decenas o centenares de personas, llenas de coherencia, que detestan el nacionalismo al grito de “yo soy español, español, español”. Estos ejemplares (en el doble sentido) no nacionalistas consideran su patria el culmen y, lo que es peor, una cárcel de la que no se salva ni el dios aquel que, según Blas de Otero, asesinaron. Pero bueno, ese graznido es legítimo, y allá ellos si les gusta ejercer el triste oficio de carceleros de gentes que cometen el delito de querer saber cuantos quieren formar parte de la monarquía española y cuantos constituir una república catalana. En cambio, el “a por ellos” que la selectiva fiscalía ignorará, es, aparte de imbécil, absolutamente ruin. Lo primero lo es porque con dos dedos de frente, aunque fuera colectiva, debería bastarles para percibir que la gasolina no es el método más idóneo para apagar el incendio que tienen en el noreste de lo que consideran su indisoluble territorio. Lo segundo, ruin o malvado, lo es porque estás deseando que se ejerza sobre un pueblo desarmado, que desarrolla un proceso político pacífico, la violencia más poderosa que existe: la del estado. Lo verbalizó magníficamente Manuel Gómez Martín, portavoz del PP en Gibraleón (Huelva) a través de Facebook: “Llámenme como quieran!! Pero a estas alturas de conflicto quiero ver a la policía y guardia civil dando hostias como panes!!!” (quizás no se había enterado de que la guardia civil investiga a los panaderos como posibles transportistas de urnas). Tristes bromas aparte, estos son los peperos que a mi me gustan: los que no disimulan (por supuesto, ya ha sido reconvenido por su propio partido de cara a la galería), los que nos muestran la raíz y esencia de ese partido. Una esencia que, lo sabemos, comparten millones de españoles que disfrutarían con un puñetazo estatal en la mesa, una acción contundente como la que se reclama a través de un vídeo unionista donde se hace un juego de palabras, menos mal, se agradece un cierto rasgo de inteligencia, entre el votarem catalán y el Voltarén como crema analgésica tras la tunda policial española.
Una nota final: ni en los años más duros del terrorismo de ETA, aquellos en que se decía por parte de los sacroconstitucionalistas que sin la violencia se podía hablar de todo, entendiendo que no se referían a una amable charla académica, se enviaron miles de policías y guardias civiles a “tomar” Euskadi. La razón es simple: el terrorismo de ETA, con su limitada capacidad de acción, fortalecía al bipartidismo instaurado en el 78. El referéndum, “lo que más me preocupa en los últimos 40 años” ha dicho con toda razón Felipe González, desde su pacifismo, podría ser una brecha no sólo para transitar hacia la república catalana sino, tal vez incluso, sé que estoy ejerciendo el extraño oficio de optimista, hacia una “república democrática de trabajadores de toda clase”, basada en la libre unión de sus pueblos en ausencia, por supuesto, de convoyes de ocupación.

sábado, 23 de septiembre de 2017

De la falta de respeto como viento de cola

Uno de los aspectos que me hace reflexionar acerca del proceso que se está viviendo en Cataluña, es la facilidad con la que desde el unionismo se desprecia a la gran e indeterminada cantidad (epicentro del problema y circunstancia que el bloque PPSOECs pretende perpetuar) de gente que quiere constituir un estado soberano. Hacia este enorme colectivo casi todo es menoscabo y, con la ira y el respaldo de un eternamente enfadado dios bíblico llamado Democracia, blandir amenazante las Tablas de la Ley Constitucional.
La democracia, en boca de los llamados constitucionalistas, adquiere un carácter mayúsculo e inequívoco, casi sobrehumano, que usted y quién esto escribe, sabemos, aunque a veces queramos engañarnos, que no tiene. Prácticamente nadie en el planeta deja de usar tan enorme palabra para definirse y, en la misma medida, esgrimir su antítesis como anatemización absoluta del adversario. Por lo tanto hay que ponerse el traje de faena del pensamiento e intentar, en la medida de lo posible, analizar caso a caso, aplicándonos, con respecto a los medios, la célebre frase de Malcom X: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Y, donde impera el odio al oprimido, al débil, no hay sustrato alguno de democracia. Palabra con múltiples apellidos, no pocos méritos asesinos (observen la llamada mayor democracia del planeta), y que a menudo es confundida con gozar de determinadas libertades políticas. Por lo tanto, la utilización por uno u otro bando de un conflicto, sea el catalán o cualquier otro, ni me impresiona, ni me posiciona.
También existen elementos que operan como reafirmantes en las posiciones que previamente uno ha adoptado. Uno de ellos es bastante simple: la falta de respeto. Circunstancia que se agrava cuando quién la ejerce es la parte poderosa, el trasatlántico que maneja Rajoy, contra la parte débil, los acosados independentistas catalanes que van en la zodiac que les concedió Pablo Casado. Veámos esa falta de respeto.
El fiscal general Maza dijo hace unos días que una parte de la sociedad catalana había sido abducida por el Govern. La segunda y tercera acepción que da la RAE son las que podrían venir al caso:
“Dicho de una supuesta criatura extraterrestre: apoderarse de alguien”.
“Dicho de una persona o creación humana: suscitar en alguien una poderosa atracción”.
Alguien se preguntará que pintan aquí los viajantes siderales. Piensen que, en el imaginario popular, cuando un extraterrestre (sospecho que a Maza aquel que no quiere pertenecer a su indisoluble y bienamada España debe parecerle casi extragaláctico) se apodera temporalmente de un terrícola, lo hace no sólo de su cuerpo, sino también de su mente. Así, cuando el pérfido marciano te devuelve a nuestro mundo ya eres otra persona. Un esclavo manejado por un ente que no viene de ver arder naves más allá de Orión, pero te ha convertido en un ser dispuesto a inmolarse, preso de una poderosa atracción, en el altar de Oriol Puigdemont, donde oficia una ángel caída llamada Gabriel. Sí, aquí entra la segunda definición transcrita de la tricentenaria institución. Definición que me parece incompleta, pues el abducido, en la misma dimensión que experimenta la atracción, padece la disminución de su voluntad.
Sí. Eso es lo que está diciendo Mata y donde falta al respeto: los independentistas catalanes son gente a la que el govern ha lavado el cerebro con quimeras y actúan carentes de voluntad propia. Este planteamiento del fiscal general, que habla de una parte sustancial de la sociedad catalana como un ente ignorantado, fue afianzado ayer por una vuelta de tuerca bastante hiriente de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, lamentándose de “esos padres y esos niños que (los esbirros del govern, se supone) acarrean a las manifestaciones”. Esta frase, más que zombificarlos, los bestializa o los cosifica. Ustedes son acarreados por Hamelín-Puigdemont que los conduce, cual ratas, directos a un río en el cuál perecerán, quizás traumáticamente, sus delirios secesionistas.
Y, por último, existe un  agravante imperdonable. Los adultos acarreados, en bastantes ocasiones son acarreadores de sus crías. Y oiga, que feo está eso de adoctrinar a la gente menuda. Por suerte, en el estado español está prohibido que los padres lleven a sus hijos e hijas a colegios donde los pongan a rezar o donde la religión sea una asignatura obligatoria. También está prohibido mandarlos a los 6 años a una catequesis que dura tres años y en la que te inyectarán racionalidad en vena.
La portada del católico, monárquico y centenario ABC del 23 de septiembre nos alerta: “El independentismo recluta a los niños”. Se refiere a que la CUP convocó en una plaza de Barcelona a niños y niñas para que pintaran pancartas contra la monarquía y a favor del 1-O. Malvados. Afortunadamente, nadie de la redacción del ABC puede bautizar a sus hijos para evitar que te hagan miembro de una asociación cuando aún no tienes uso de razón. El ABC, cada vez que se convoca el concurso "Qué es un rey para ti", pone su laico grito en el cielo. O se envenenan cuando se enteran de que unos padres llevan a sus pequeños vástagos a ver un desfile de la milicia hispana o a aplaudir a la guardia civil bandera monárquica en mano.
Falta de respeto, mayormente a la inteligencia, e hipocresía. Ese es el campo de juego en el que se deleita el régimen surgido del fascismo en el 78. 
Y estos catalanes independentistas intentando joder el paraíso. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Amedrentamientos y seguridad

Hace unos días me llegó la siguiente pregunta por WhatsApp: “Imagina que quisieras votar y pretendieras votar no, ¿te parecería seguro hacerlo en este referéndum?"
La palabra clave es “seguro”. Y bajo mi punto de vista es una palabra que en el texto puede tener una doble interpretación. O bien puede hacer referencia a la seguridad física de la persona en cuestión, o podría referirse a si existiría la seguridad de que ese voto negativo se contabilizaría correctamente.
Reconozco que en la primera lectura sólo me lo planteé como un mensaje que hacía referencia a la seguridad de las personas. Y esa sensación mía inicial no es descabellada. Parece que buscan desesperadamente la violencia. No voy a decir, aunque hayan antecedentes y seguro que las baraja, que el estado se dispone a realizar acciones de lo que habitualmente se llama “falsa bandera”, pero hay un elemento evidente: unos manifestantes destrozando mobiliario urbano entre esteladas sería el sueño húmedo del estado español. De hecho, un acto simbólico como la quema de banderas de España, Francia y la UE, en la manifestación de la izquierda independentista el 11 de septiembre, fue tildada por algunos medios de acto violento. Medios que también señalaron, con aviesa intención, que quiénes realizaron la acción, con toda la lógica del mundo, iban encapuchados, pues el año pasado lo hicieron a cara descubierta y acabaron ante el juez. La idea machacona y falsa, por eso mi primera asociación con la integridad física de las personas, es que una parte de la sociedad catalana está siendo excluida y señalada. Se consideró poco menos que una incitación a la violencia que Puigdemont pidiera a los vecinos que quieran votar, en un sentido u otro, que preguntaran a su alcalde, respetuosamente, porque no ceden espacios para poner urnas.
¿Preguntar es amedrentar o amenazar? ¿En qué medida el amedrentamiento o la amenaza es mayor que la que pueden sentir los más de mil cargos públicos catalanes apercibidos de consecuencias penales en el BOE con nombres y apellidos? Los 712 alcaldes que van a ser citados por la fiscalía en calidad de investigados, cuando aún no han realizado ninguna actividad presuntamente delictiva,  bajo amenaza de detención si no se presentan a declarar ¿tienen razones para sentirse amedrentados o amenazados? ¿Quién amedrenta o asusta más, el vecino que interpela a su alcalde o el estado español con todo su aparato coercitivo? Pablo Casado, junto a Albiol, un dirigente del PP que se descareta con bastante facilidad (circunstancia que siempre se agradece), dijo lo siguiente: "Comparar un transatlántico como la nación española con una zodiac pinchada que es lo que tienen ahora mismo los de la CUP y sus colaboradores en la Generalitat, da risa". Obviando el tonillo prepotente y mamporrero, hay que reconocer que no le falta cierta dosis de razón. Quién tiene capacidad de ejercer la fuerza es el estado constituido español ante la nación catalana que busca constituirse como tal.
Hablando de amedrentamientos, estos bastante más silenciados por los grandes medios, en Canarias, el mismo once de septiembre entró en la cárcel, tras serle denegado el indulto por un gobierno que perdona a no pocos indeseables que usan las arcas públicas para enriquecerse, la luchadora social Aisha Hernández Rodríguez por realizar una pintada que denunciaba el elevado paro juvenil de Canarias y un incidente con la policía por el que acabó acusada de desobediencia (constitucional, por supuesto) a la autoridad. Siguiendo con el amedrentamiento, esta previsto que vuelva a declarar en el juzgado la drag que gano la gala del carnaval de Las Palmas este año. Su hipotético delito es parodiar a la virgen en un espacio absolutamente laico en el que se supone que la Iglesia Católica no tiene potestad alguna.
Federico Jiménez Losantos, cuando a inicios del año pasado declaró antes decenas de miles de radioyentes que si se encontrara con determinada gente de Podemos (citó nombres) y llevará “lupara” dispararía, no hubo fiscal alguno que perdiera un segundo en amedrentarlo aunque sea un poquitín. Los instrumentos del estado, incluida la justicia, son los que amedrentan casi siempre en la misma dirección, nunca unos vecinos preguntando a su alcalde o manifestándose para que se pongan urnas en espacios municipales.
En una lectura posterior pensé que esa seguridad a la que hace referencia la persona interpelante quizás tiene el sentido del tongo electoral, de lo que comúnmente se llama pucherazo. Si la interpretación correcta transita este derrotero, me atrevo a decir que en estos momentos la tentación que podría estar cocinándose al fuego de la Generalitat sería un guiso probablemente nunca visto en la historia. Lo que yo me atrevería a llamar “el pucherazo inverso”. El problema para los soberanistas catalanes es que haya muy pocos noes, pues el unionismo busca que en el caso de que el estado español no evite la instalación de las urnas, estás se desacrediten y deslegitimen con una escasa participación que, ante la gran movilización del independentismo, solo podría salir del campo de un no que quedaría tremendamente escuálido. Así que ¡oh paradoja! en su perversidad imagino a los cuernirrábicos diablillos independentistas condimentando el puchero más con noes que con síes. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Del sueño a la realidad o la posibilidad de la república catalana

Siempre nos dijo el poder, tuviera la cara sonriente de PSOE o la cruz amenazante (no olvidemos su condición de instrumento de tortura y muerte elevado a los altares) del PP, cuando ETA habitaba entre nosotros: la independencia puede defenderse por vías pacíficas.
O sea, pueden manifestarse unos cientos por el paseo de la playa de Las Canteras en Gran Canaria al viejo grito de ¡Viva Canarias Libre y Socialista! O pueden hacerlo un millón por La Diagonal clamando ¡Visca Catalunya Lliure! Nadie los lleva al trullo, se supone, por ser independentistas y reunirse con otros independentistas y dar eternos vivas a la independencia y al socialismo levantando ardorosamente el puño. Mientras todo queda en el terreno del fervor simbólico el poder le permite a usted regresar reconfortado a casa tras participar en esa comunión laica con sus compañeros de sueños. Sí, sueños. A usted, persona entrada en años y luchas o joven al que un día un profesor le habló de la imagen más reproducida del siglo XX, esa sílaba, Che, que expresa en un lenguaje universal la rebeldía, el poder estatal español le permite soñar con la independencia. Y soñar es tremendamente (y utilizo esta palabra con absoluta conciencia) hermoso, aparte de necesario. Martin Luther King tuvo un sueño que, da lo mismo el color de la piel del presidente de EEUU, sigue pendiente cuando vemos la facilidad con la que, perdóneseme el juego de palabras facilón, la policía tira al negro. Calderón de la Barca nos desanimó diciéndonos, el muy sinvergüenza, que “los sueños, sueños son”. También el acervo popular nos disuade: “ten cuidado con lo que sueñas… puede cumplirse”. 
Los cientos de soñadores en una Canarias Libre y Socialista, en una sociedad que se adormece entre romerías y bajadas y subidas de vírgenes (tranquilos compatriotas, que a mi también me gusta La Rama), no quitan ni un segundo, oh paradoja, el sueño al poder.
En cambio, cada persona que conforma ese millón y pico, sobre una población de siete y medio, que lleva saliendo a la calle cada 11 de septiembre en Cataluña desde hace varios años, pretende y siente que, junto a las otras, ha acumulado fuerzas, incluso una mayoría absoluta parlamentaria, para intentar, trayendo el sueño a la realidad, lo que no está previsto por el poder: la posibilidad de construir, más allá de las libertades concedidas, un estado propio.
Y el primer paso de ese sueño factible debe ser contarse. Es muy simple: cuantas personas están a favor y cuantas en contra de que Cataluña forme un estado independiente en forma de república. No lo piden unos cientos o miles de personas, como sucedería en Canarias, lo solicita una mayoría de los habitantes de Cataluña.
El poder ha sacado a colación mil veces la trampa constitucional: “Vengan ustedes, partidos políticos independentistas catalanes, al parlamento español e intenten, con sus magras fuerzas (Cataluña aporta 47 diputados sobre 350), una modificación de la constitución que les permita realizar un referéndum legal”. El estado español les ofrece a los catalanes que quieren decidir la posibilidad de construir su república una vía muerta o un muro contra el que se han estrellado 18 veces, las que le han solicitado al gobierno español un referéndum pactado. Lo que queda entonces es, desde tu mayoría absoluta en el Parlament, que te legitima, crear una arquitectura legal propia para dar cauce a que de una vez por todas se haga la única encuesta que necesita el pueblo catalán: un referéndum en el que cada cuál vote, o se abstenga, libremente. Sin coerción alguna. Y hoy el único elemento coercitivo, cada vez más amenazante (registro de una imprenta y un semanario entre el 8 y el 9 de septiembre con encausamiento del director de este último), es el gobierno español, que es quién quiere que nadie vote, oh heroico Coscubiela transportado en incómoda parihuela por la derecha política y mediática, ni los del sí ni los del no, porque en su fuero interno España es y será siempre unagrandeylibre.
Alberto Garzón escribió en Facebook: “En @iunida no apoyaremos la ley del referéndum que se votará hoy en el parlamento catalán. Defendemos el derecho a decidir con garantías”. Garzón, estás defendiendo, cobardemente, el derecho a decidir cuando las ranas críen pelo o les de la bendita gana al PPSOECs, que será nunca. Los ciudadanos catalanes están a tres semanas de decidir, de votar sí o no a la posible construcción de una república (que va más allá de llamar al rey Felipe ciudadano Borbón cuando, en vez de desconocerlo, vas a entrevistarte obedientemente con él), lo  que sería un mazazo al régimen del 78, y los desacreditas convirtiéndote en esta hora, que no admite ambigüedades, en un aliado de facto de la derecha españolista. Y no vale la trampa habitual: decir que el proceso catalán es fruto de la burguesía catalana. Me atrevo a afirmar justo lo contrario: este proceso intranquiliza mucho a la parte más poderosa de la burguesía, a la oligarquía catalana que, por cierto, se ha manifestado claramente en contra de la independencia pues ahora mismo no tiene lo que siempre ha poseído, más allá de circunstanciales mayorías políticas, desde 1939 para acá: el control absoluto. Lo lamentable es que uno solo de los objetivos del referéndum catalán: la posibilidad de tirar al basurero de su historia la monarquía del ciudadano Borbón, es una tarea inafrontable para Unidos Podemos, la autodenominada izquierda del estado español que, por tacticismo, oportunismo o cobardía, nunca encuentra el momento (aquello de las condiciones objetivas y subjetivas da para mucho)  para reivindicar y educar a la gente en la necesidad de una república.
Sigo con la izquierda. Los comuns (hermoso nombre que pasa rozando), cuyo referente es Ada Colau, que quizás ya no piensa que la injusticia implica en momentos decisivos, esos que parecen acelerar la historia, desobediencia, harán a su militancia la siguiente pregunta: “¿Cataluña en Comú tiene que participar en la movilización del 1-O?”. Puedo irritar a algunas personas, pero esta actitud contorsionista y sibilina que degrada un referéndum a una mani con papeleta de mentirijillas es más dolorosa que la embestida, absolutamente esperable, de la derecha. No obstante, la respuesta ya la doy yo por adelantado: si hay urnas en todo el territorio catalán, circunstancia que está por ver pues creo que el estado va a apretar mucho las clavijas, ustedes van a participar sí o sí, aunque voten no, se abstengan o hagan una macrosentada. Por una sencilla razón: se van a contar síes, noes, votos blancos, nulos y abstenciones. En la lectura de los resultados entrará, a gusto o a disgusto, manejando esos cinco vectores, aunque tres sean los básicos, todo el mundo, de derecha a izquierda, porque es un referéndum y no una movilización ocasional sobre la que pronunciarse a través de una pregunta timorata.

Me parece oportuna esta canción de Silvio Rodríguez y Buena Fe llamada La Tempestad. 

jueves, 31 de agosto de 2017

La boda del comunista o la perpetua lucha ideológica

Si algo tengo claro es que para la derecha, vía armada mediática, la lucha ideológica, ese terreno en el que quizás por desacomplejada nos lleva una ventaja sideral, es una prioridad. Siempre la tienen al fuego, bien burbujeante, con el objetivo, paradójico, de enfriar la gran lucha inmemorial, básica y esencial: la de clases.
Una de las maneras más simples de lucha ideológica para la derecha es la vía del descrédito personal del mensajero. Circunstancia que servirá para invalidar la totalidad del mensaje y desencantar a aquellos que se acercan al fenómeno político con la palabra creencia en el borde de los labios. No es raro oír, por ejemplo: “yo no creo en los políticos”. Pues ya somos dos, oiga. Ni maldita falta que hace. Imaginemos un líder de izquierdas que dice verdades como puños y del que un aciago día se revela que su intachable palabra esta salpicada de deshonestidades diversas. Ese líder tendría que ser removido y, si es necesario, responder ante la justicia de sus tropelías. Pero sus palabras, sus denuncias o sus propuestas, seguirían teniendo la misma veracidad. Sin embargo, somos conscientes de que a una parte muy apreciable de la población, esa que necesita creer, el impacto le llevaría a cuestionar el lote completo (mensajero y mensaje). Y sé que, lamentablemente, el liderazgo de un proyecto, aunque la historia la protagonicen y la padezcan, en mayor medida aún, los pueblos, es importantísimo. Me parece poco probable que alguien en el ámbito de la izquierda transformadora discuta el incalculable papel de Fidel en la revolución cubana, o de Chávez como desencadenante de la revolución bolivariana. Incluso la magnitud de estos individuos hace que me pregunte lo siguiente: ¿Esos procesos sociales habrían tenido el mismo recorrido sin sus prominentes figuras?  Y, ¡oh paradoja! es una pregunta que me entristece, pues en sus países, como en tantos otros, la realidad de miseria, opresión y desigualdad, ya estaba allí. Afortunadamente pienso que tanto en Cuba como en Venezuela gran parte del pueblo ha pasado de la creencia en uno u otro líder a la conciencia de la necesidad de un mundo más justo.
Alberto Garzón, líder de una formación política, Izquierda Unida, nucleada alrededor del Partido Comunista de España, es uno de esos que piensa que es necesario un mundo más justo, un mundo socialista en el cuál no deberían existir dos grandes aberraciones: la extrema riqueza que no se puede gastar en mil vidas y la extrema pobreza que no te deja completar con dignidad una sola.
Más allá de la ola anticomunista mundial tras la caída de Unión Soviética (ese estado que surgió de una revolución casi centenaria que no se si conmovió, pero sí sé que, por decirlo sin crudeza, acongojó al mundo capitalista), el mensaje de los comunistas, de un mundo más igualitario debe ser conveniente y pertinazmente machacado a la más mínima oportunidad con lo que decía al principio: con la máxima simpleza que casi siempre encuentra el confortable sofá de la mínima actividad neuronal. Me refiero, por ejemplo, a convertir la boda de dos personas ideológicamente de izquierdas, que viven de su trabajo, en la política o la medicina, sin explotar a nadie, en un acto de opulencia capitalista que haga desconfiar a la gente humilde de ese tipo que siempre habla de la clase trabajadora y, pregonando la igualdad, en el fondo es igual que todos los políticos: un aspirante a llenarse los bolsillos.
El elemento sustancial y conformador de esta mugre ideológica es la mentira, que avanza desbocada  por las grandes avenidas de las redes sociales donde campan del bracete ágrafos y estultos, tan sobrados de ¿información? como escasos de formación.
Un par de simplezas bastan. “El comunista se casa por la iglesia”, mienten, para remachar la falsedad del supuesto ateo, aquellos a los que no les da asco vivir en un país donde su confesión religiosa esta libre de pagar impuestos por sus numerosas propiedades. “El comunista contrató un menú de 300 euros”, mienten, triplicando el precio y buscando el menoscabo moral de Garzón, los mismos que no ven inconcebible que muchos jugadores de fútbol de primera división ganen en un año lo que un diputado y una médica no ganarán conjuntamente en toda su vida.

domingo, 27 de agosto de 2017

Los atentados de Barcelona: ¿unidad o división?

Unidad y división
Son términos antagónicos bastante utilizados en muy diversos contextos. El primero está dotado en el imaginario social de un aura de positividad y, en sentido inverso, el segundo se asocia con lo negativo. Tengo claro que el pensamiento socialmente dominante, aunque no sea ni mucho menos el único, es el de la clase dominante. Y la clase dominante casi siempre hace llamados a la unidad como el modo de arreglar o enfrentar los diferentes conflictos o situaciones, más o menos graves, que van surgiendo en el devenir de cualquier estado.
Recuerden, cuando comenzó la crisis económica, como constantemente se hacían llamados a que de esa situación solo se salía si todos, indistintamente, arrimábamos el hombro. Hoy, diez años después, los trabajadores tienen el tren superior corporal de alguien largamente convaleciente mientras los oligarcas pondrían en dificultades al actual campeón mundial de fisicoculturismo. La burguesía siempre ha hablado interesadamente, a través de sus grandes canales de comunicación, de colaboración de clases. En cambio, los trabajadores, cuando tienen conciencia, hablan de lucha de clases, de los intereses antagónicos que existen entre estos dos sectores sociales. Cuando esa lucha se ha exasperado por una conciencia crecida de los trabajadores la burguesía suele utilizar, expresado a través de los sindicatos verticales,  un colaborativo de clases llamado fascismo.
Aunque en realidad el objeto de este texto no es el conflicto entre el capital y el trabajo sí me parecía un ejemplo sobre la carga tramposa y apriorística que tienen conceptos como unidad y división.  Conceptos que nos hemos hartado de oír tras los atentados ocurridos el 17 de agosto en Cataluña y cuya cresta ha coincidido con la manifestación convocada en las calles de Barcelona el sábado 26.
Ir a una manifestación contra una acción terrorista concreta no quiere decir, desde mi perspectiva, que se aliente la falsedad, la mentira que mata el pensamiento que se subleva, ese que no quiere dejarse enrejar por mantras interesados que ponen el foco en la buenrollista unidad para que el vasto páramo de la indecencia quede en la penumbra.
El poder habría querido que la manifestación de ayer en Cataluña fuera una procesión “respetuosa”, llena de silencio y congoja. La expresión del dolor unánime de un pueblo, en lenguaje pomposo. Quizás yo sea un tipo algo deshumanizado (estos días me lo he preguntado), pero no voy a ser hipócrita. Esos atentados, como tantas acciones injustas que generan muerte y sufrimiento, son un horror, quizás un poco más cercano porque yo, tan poco dado al viaje, también he recorrido ese espacio bullanguero que parece una celebración continua de la vida. Pero pienso que el dolor es patrimonio intransferible de los familiares y amigos de cada una de las víctimas. Y nuestra misión no es sentir su dolor, pero sí es preguntarnos, no sólo el porqué hemos llegado a esta situación, sino, lo que es tan importante, cuál es el camino que hay que seguir, más allá de las pesquisas policiales que no cuestiono (otro tema es plantearnos si, aparte de ético, es razonable para la propia investigación que todos hayan sido “abatidos”), para que esto no se repita, aparte de llenar las ciudades de barreras físicas. Es llamativo, parece que retornáramos a las murallas del medievo, la antítesis de ese espacio abierto que es la ciudad contemporánea.
Cuando la CUP, con un primer paso al que después se unieron otros colectivos, quebró la unidad acrítica que querían imponerle a la manifestación, la dotó de vida, de significación. Y se equivocaba al principio planteando que si iban el rey o Rajoy ellos tal vez no lo hicieran. Había que estar allí, disputándole el espacio a los figurones que desprecian la vida humana, como el gobierno español multiplicando por 30 el valor de la venta de armas a la monarquía saudí que, aparte de estar junto a EEUU en el origen de un yihadismo ultraconservador e irrelevante hasta inicios de los 80, está masacrando, con la mayor indiferencia de nuestras mediáticas sociedades, a la población de Yemen. Una vida que también existe bulliciosa más allá de Las Ramblas, en lugares menos famosos que nunca pintó Joan Miró, donde los atentados, quizás por su cotidianidad, no generan enormes espacios cubiertos por ramos de flores y velas rojas.
El merecido abucheo al rey y al gobierno de España no creo que fuera obra solo de independentistas, como han querido reflejar las maquinarias mediáticas manipuladoras que pretenden que una manifestación contra el terrorismo sea apolítica. O sea, el simple tránsito de una masa ovejuna pastoreada por lobos.
Por último, resulta significativo comprobar como los mismos que siempre han defendido que el terrorismo no puede marcar las agendas políticas, ahora pretenden que el gobierno de la Generalitat “aproveche” esta ocasión para recuperar en sentido común, unitario por supuesto, y se deje de veleidades que dividen y debilitan a la sociedad catalana. Unión y fortalecimiento que, tras la trágica caída del caballo del 17 de agosto, pasaría porque los independentistas, aún teniendo mayoría parlamentaria, declinarán, en el país de las mil encuestas, su intención de, referéndum mediante, como hicieron sin dramatismo los escoceses, contarse el 1 de octubre.

sábado, 19 de agosto de 2017

Terrorismos (sin ánimo de incordiar)

"Terrorismo.
1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
3. m. Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos."
Como el texto va a girar acerca del terrorismo he querido poner, a modo de referencia o marco (del cuál quizás yo tienda a escaparme), la triple definición con que la RAE se aproxima a tan polémico concepto.
Considero que los dos actos terroristas (me refiero a acciones concretas, hora y lugar) más crueles de la historia de la humanidad, por su mortandad masiva en el momento de producirse y por sus consecuencias durante decenios, tuvieron lugar en 1945.
Por supuesto, me refiero a las bombas atómicas lanzadas los días 6 y 9 de agosto sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Sí, ya lo sé. Alguien estará pensando que esa fue, nos parezca más o menos reprobable, una acción en el marco de la 2ª Guerra Mundial. Como si el terror en un contexto bélico fuera más tolerable, más asumible al situar cada persona su mente, aunque sea por mero instinto de supervivencia, en “modo” guerra. Yo creo que es justamente al revés. Seguro que se sufre muchísimo más terror cercado por la guerra, cuando las sirenas anuncian la escuadrilla que va a repartir su siniestra lotería, que viviendo en paz, aunque puedas estar expuesto, es inevitable, en algún momento a una acción esporádica de gran violencia que puede surgir incluso en el contexto del ocio o la fiesta.  Así, el sufrimiento cotidianizado que implica la guerra, ese terror diario, nos parece aceptable dentro de nuestros parámetros mentales, mientras varios individuos repartiendo cuchilladas a seres indefensos no nos cuadran y nos parecen una abominación mayor que una bomba borrando en unos segundos cien mil personas de la faz de la tierra. Casi nadie se refiere a las dos únicas bombas atómicas detonadas sobre población civil como una acción diáfana y espeluznante de lo que fue: terrorismo de estado y en estado puro. Cuando el ejército israelí ha cerrado por completo y bombardeado Gaza durante un mes asesinando cerca de mil quinientas personas, entre ellas centenares de niños, ningún gran medio ha hablado de una acción terrorista de Israel, eso concepto solo lo ha usado la izquierda transformadora. Y no es casual, el lenguaje es importantísimo pues legitima, condena o disfraza. Los EEUU aún defienden la legitimidad de su mayor acto terrorista apelando cínicamente a la bondad de finiquitar la guerra en un plis plas y a un inaceptable trapicheo de vidas: la invasión de Japón habría costado un millón de muertos, muchos de ellos estadounidenses, dice el milico yanqui de turno en algún canal temático que a veces, entreverándose con la lectura, acoge mis tardes. El asunto es que, paradójicamente, podían haber aterrorizado sin causar víctimas mortales, lanzando las bombas en algún paraje deshabitado a modo de advertencia.
En el ámbito español, hace ya bastante tiempo que para referirme a Franco, como deber ético, hablo del jefe de la banda terrorista más sanguinaria que ha padecido el estado español: los sublevados el 18 de julio. Un jefe terrorista que se lució especialmente en agosto (vaya con agosto, y eso que suena a cervecita y holganza) del 36 matando en un día a 4000 personas en Badajoz. Si ustedes revisan las definiciones de la RAE verán, al menos a mí me lo parece, que le son aplicables las tres, con el colofón añadido de más de cien mil muertos en cunetas.
Alguien me dirá que esos parámetros son aplicables a diversos gobiernos del mundo. Ese es el quid de la cuestión, creo que acierta quién así piensa, los estados en muchos casos pueden ser la más siniestra máquina de terror, al menos en sus ámbitos de acción. Por eso el terrorismo más devastador que lacera el planeta es el que proviene de la acción imperialista de EEUU, pues su radio de actuación, por motivos de dominio económico, por fuerza militar y por una cierta autopercepción de pueblo elegido, no conoce fronteras. Así, por ejemplo, ahora mismo tiene bajo amenaza explícita de intervención militar a dos países: Venezuela y Corea del Norte. Acción imperialista que casi siempre, al menos en sus primeras fases, toma la forma más artera de guerra que, en mi opinión, es el bombardeo indiscriminado de núcleos donde habita población civil. En una deshumanización brutal se puede ejecutar a grupos humanos con drones desde un luminoso despacho con plantitas y portarretratos de familia sonriente.

Planteo que el imperialismo es la raíz venenosa que pudre de injusticia el planeta. El terror del coche bomba, del suicida o del que deja caer, desde miles de pies de altura, su mortífera carga como si de un vídeo juego se tratara, solo entrará en vías de solución cuando, y vamos en el sentido contrario pues el saqueo se profundiza, el planeta sea un clamor antiimperialista. Fíjense: Libia, Somalia, Siria, Iraq, Afganistán, Pakistán, Yemen. En todos estos países musulmanes, con el disfraz de coaliciones que sin EEUU no serían nada, han intervenido estados que alardean de sus raíces cristianas. Cuidado, bajo ningún concepto estoy diciendo que vivimos un conflicto religioso (esa es la sangrienta maniobra de distracción), pero si tengo claro que los jóvenes que apuñalan o arrollan multitudes, creyendo que sí, que su acción brutal la determina un Alá que ellos mismos tachan de misericordioso, generando un daño inmenso e irrecuperable para tantas familias, no son una simple encarnación del mal absoluto, “debidamente” fanatizados (y desconociendo que manos concretas manejan los hilos), son instrumentos objetivos del imperialismo para crear un terror entre la gente del pueblo que obre como sepultura del pensamiento y vivero del fascismo.

lunes, 14 de agosto de 2017

Canción triste por la huelga del Prat

Desde hace algunas semanas se mantiene en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, un conflicto laboral de los trabajadores de la empresa Eulen, encargada de los arcos de seguridad. Hasta ahora los paros han sido parciales, intercalando horas de trabajo con horas de huelga. También se ha acusado a los trabajadores de huelga encubierta. Me imagino que se referirán a trabajar a un ritmo lento, con una cierta parsimonia o un exceso de celo. Es curioso, tienes que ser un, perdóneseme (o no, me da igual, seguramente a quién le moleste está en mis antípodas mentales) lo soez de la expresión, un puto animal que supla las carencias cuantitativas de la plantilla con tu propia sobreexplotación.
Y buena parte de la población trabajadora, desclasada por los grandes medios de manipulación masiva que nos dicen que el derecho de uno acaba cuando lamina el derecho del otro, expresa su malestar por tener que hacer largas colas, por ver alterado ese nuevo derecho básico que es el de viajar. Población trabajadora que en muchos casos, con sobrada pasividad y escasa lucha, ha visto quebrado un derecho básico que yo si considero fundamental: que no te disminuyan el sueldo por realizar un mismo trabajo.
Desde el hoy, 14 de agosto, los trabajadores de Eulen realizan una huelga indefinida. Curiosamente, según informan los medios, hay normalidad casi absoluta. La huelga objetivamente está neutralizada. Con dos elementos básicos que tiene el poder en sus manos: los servicios mínimos y las fuerzas de seguridad del estado. Los servicios mínimos establecidos por la autoridad (competente, por supuesto, muy competente cuando de quebrar huelgas obreras se trata) son del 90%. Y aquí no pasa nada, no hay, como mínimo, una declaración conjunta de todas las centrales sindicales que se consideren de clase diciendo que esos servicios mínimos son unos servicios máximos, son prohibir de facto, casi con burla, el derecho de huelga a un colectivo de trabajadores. Pero, no satisfechos con este abuso, han decidido poner al lado de ese 90% obligado a trabajar a la guardia civil. Ya no es que la guardia civil, o la policía, sean un instrumento para reprimir a los trabajadores en la lucha por sus derechos. La historia de España (y del mundo) es rica en ejemplos de cómo las llamadas fuerzas de seguridad, o cuerpos represivos de la clase dominante en lenguaje marxista, tienen como función, no confesa pero esencial, derrotar las luchas de los trabajadores (sí, Eulen es una muestra más de esa antigualla llamada lucha de clases, esa que quiere diluirse, ¡viva el pensamiento líquido!, en el concepto muelle de clase media).
En este conflicto, alegando el poder motivos de seguridad, la guardia civil realiza labores directas de esquirolaje. Nos jugamos la seguridad de los españoles dice el gobierno. Es un servicio esencial, alegan, en estos tiempos convulsos por la amenaza terrorista. Sin embargo, tuvieron la desvergüenza de privatizar ese servicio esencial mediante subasta al peor postor. O sea, al que hace la oferta más barata que implica por supuesto salarios míseros para los trabajadores, oscilantes entre 900 y 1.100 euros según los complementos que tengas por antigüedad, que solo los pueden dignificar mediante horas extras pagadas a 8 euros.
Un servicio que el propio gobierno considera esencial tendría que estar en manos directas del estado. Esos trabajadores que realizan una labor en la que se supone que está en juego la vida de personas deberían ser empleados públicos con un salario digno, no pertenecer a empresas privadas cuya regla de oro es obtener, a través de la máxima explotación, el mayor beneficio posible.
La normalidad de hoy en el Prat, la casi invisibilidad de la huelga por la acción antiobrera del gobierno del Partido Popular, la sutil o burda criminalización mediática de los trabajadores, el silencio de las supuestas centrales de clase, la falta de acción solidaria, aunque sea simbólica, de los empleados de seguridad de otros aeropuertos, más allá de que lamentablemente nada de esto suponga, al menos para mí, una sorpresa, no deja de ser una triste noticia para la lucha de la clase trabajadora.

miércoles, 9 de agosto de 2017

De mil euros a cientos de años: el estado de la injusticia en España

Creo que una de las peores sensaciones que puede tener un ser un humano es la de ser víctima, por quienes deben defender la justicia, de justamente lo opuesto: una injusticia flagrante y dolosa, que es en lo que se convierte la justicia, en trampa, engaño y fraude, cuando es retorcida en aras de causar el máximo daño posible a una o varias personas, llevándolas incluso, aunque sea de manera preventiva, a la cárcel.
Esa sensación de impotencia tiene que ser especialmente dolorosa cuando observas hechos relativamente similares a aquellos por los que tú estás encausado que comportan sanciones o infinitamente o inexplicablemente más leves.
No piensen que me caigo del guindo. Seguramente ya he expresado en alguna otra ocasión que el tejido que tapa los ojos de la señora de la balanza es un vaporoso y transparente tul. Pero siempre tiendo a pensar que las golferías, aunque se realicen desde el poder, deben tener un cierto disimulo, sobre todo por mantener aquello, latiguillo machacón, de la igualdad de todos ante la ley.
Hoy han puesto en diferentes televisiones el vídeo de la agresión callejera, en la mañana del domingo 6 de agosto, de siete jóvenes de la localidad de Denia a otro que estaba solo. Se observa claramente como el grupito da una buena tunda de puñetazos y patadas al muchacho que está indefenso. Mañana de domingo. Jóvenes supurando alcohol y quizás alguna otra sustancia. Una palabra equívoca, una mirada torva, una cuentilla pendiente o no tener el par de euros que te piden y prende la chispa.
El domingo sucedió en Denia sin mayores consecuencias. En diciembre de 2008 unos hechos similares ocurrieron en Las Palmas de Gran Canaria. La misma paliza, pero con patadas más certeras, acabó con la vida del joven Iván Robaina. Cada uno de los tres acusados fue condenado a 17 años de cárcel. El fiscal pedía 18 y la acusación particular 20.
En el caso de Denia cada joven ha tenido que pagar una multa de alrededor de 1000 euros. Ustedes me dirán que son casos incomparables y yo les contestaré que tienen razón, pues el resultado del delito es diferente, aunque los medios y las intenciones (no creo que en ninguno de los casos quisieran ocasionar la muerte del agredido) fueran los mismos.
Yo quería establecer la comparación, de ahí la reflexión inicial acerca de la impotencia, con los ocho implicados en la agresión, con patadas y puños, sin armas de ningún tipo, a dos guardias civiles fuera de servicio, también después de una madrugada de fiesta y copas, en Altsasu (o Alsasua). Tres de ellos están en prisión preventiva desde mediados de octubre de 2016. La fiscalía y la abogacía del estado solicitan un montante global de 375 años de prisión (50 a seis, 62,5 a uno y al restante 12,5). La acusación particular, ejercida por la asociación Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE), considerando que las penas son leves, ha solicitado un montante global de 400 años de cárcel.
Aviso, por si hay alguien muy despistado, que ninguno de los guardias agredidos resultó muerto. Uno de ellos, magullado, ni siquiera tuvo ingreso hospitalario y el otro estuvo dos días fruto de una fractura de tobillo.
Tres casos de agresión. Con circunstancias y resultados diferentes, lo sé. Pero no hay que ser muy avezado para observar el disparate, para ver la infamia que hay entre mil euros de multa y una petición de cárcel de 50 años cuando en ninguno de los dos casos hubo males mayores. Mal irremediable que si se produjo en el caso de Las Palmas. No obstante, fíjense en la siguiente aberración: el fiscal pedía, como reflejé antes, para cada uno de los implicados en la muerte de Iván 20 años de cárcel. O sea, un total de 60 años para los tres. Menos, y aquí está el disparate o la mala fe que se encubre con la utilización del término terrorismo, que la petición de 62,5 años del fiscal al principal encausado de Altsasu, cuya acusación más grave sería, en buena lógica y en buena lid procesal, la fractura de un tobillo que, a los datos de petición de penas de la fiscalía me remito, vale el triple que la vida de un joven canario.
Hablando de jóvenes y de injusticias, y como muestra de que la derecha siempre sabe quién es de los suyos y quién es el enemigo (circunstancia que la izquierda nunca tiene tan claro), quiero acabar haciendo mención a Aisha Hernández, militante de Alternativa Nacionalista Canaria, que fue condenada a 4 meses de cárcel por una supuesta resistencia a la autoridad tras realizar en 2014 una pintada denunciando las elevadas tasas de desempleo que afectan a los jóvenes del archipiélago. El gobierno, considerándola acertadamente su enemiga, en el mismo plano que a los jóvenes de Altsasu, aún con el atenuante de no ser independentista vasca, sino canaria, le ha denegado el indulto, esa medida que reserva para los amigos de las clases altas, para callar bocas indiscretas o para obtener réditos si es un caso mediático.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Algunas reflexiones sobre la constituyente venezolana

8.089.320 venezolanos acudieron el domingo 30 de julio a votar la elección de una asamblea constituyente en Venezuela. Esa cantidad representa el 41,5% del censo habilitado para participar en la votación.  Viéndolo así, ateniéndonos exclusivamente a los números, podríamos pensar que la cifra es baja. Sin embargo, y la oposición lo sabe, la cifra es un gran éxito para el chavismo. También lo siente como un avance propio la izquierda que no le baila el agua a la derecha o no quiere vivir en los alegres mundos de Yupi, aquellos pagos angelicales donde no existe barro y la dureza de una situación de lucha de clases, de disputa del poder planteada a cara de perro. Esa cara colmilluda que enseña la derecha cuando sus privilegios son puestos en cuestión, cuando un pueblo entra en el peligroso proceso, para los intereses de la oligarquía, de pensar, de tomar conciencia, de sentirse un sujeto protagonista de la historia. Es lamentable ver a tanta gente, supuestamente de izquierdas, atacar al proceso bolivariano. Sí, esta palabra es esencial, proceso, ninguna revolución o cambio social importante lleno de tensiones y enemigos se gana en poco tiempo. Tampoco está libre de errores, de burócratas o corruptos, circunstancia que, en ningún caso debería llevar a una persona de izquierdas que sea consecuente a desear la derrota revolucionaria ante una derecha entregada a la violencia y a la coacción y apoyada por poderosas fuerzas extranjeras. Una derecha que está repitiendo en Venezuela, 40 años después, la guerra económica que libró en Chile contra el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Allende. Ese Allende al que cierta izquierda, que denosta a Maduro tratándolo poco menos que de patán, santifica, tal vez porque la derrota, más si esta se tiñe de martirio, despierta una empatía que aunque a la izquierda la dignifica (y hace bien en reconocer heroísmo de Allende) al capital, en el fondo, le importa un pimiento. Son o desconocedores o tergiversadores de la historia. Allende sufrió una guerra económica de la burguesía (es celebre la frase de Nixon: “haremos chillar a la economía chilena”), con acaparamiento y escasez, porque el proyecto de la Unidad Popular era la construcción por vías pacíficas de una sociedad socialista, horizonte que también se plantea el gobierno bolivariano de Venezuela. Por eso, gustos verbales o apariencias estéticas aparte, el guagüero venezolano simboliza hoy, para la izquierda mundial antiimperialista, lo que el médico chileno significó ayer. Con una gran diferencia, la partida chilena se perdió. La venezolana sigue en disputa. Y sobre esta comparativa un último dato: Allende sacó un 36% de los votos populares. Le aupó a la presidencia el hecho de que el centroderecha se presentó dividido.
8.089.320 venezolanos acudiendo a las urnas es la segunda mejor votación histórica del chavismo, solo superado por el propio Chávez, en la elección presidencial de 2012, con 8.191.132 votos. Las fuerzas de la revolución en Venezuela se quedaron a solo 100.000 votos de su mejor resultado histórico, mejorando en más de medio millón los siete millones y medio sacados por Maduro en el año 2013. Y todo esto en unas circunstancias durísimas, con zonas donde la oposición no es que llamara a la abstención, lo que sería absolutamente lícito, es que forzó, ¿dictatorialmente?, la no apertura de colegios electorales en determinados barrios que además se vieron “trancados” con barricadas donde actúa como fuerza de choque el lumpenproletariado, grupo social que Tribuna Popular, órgano de prensa del Partido Comunista de Venezuela  define y caracteriza, con clarificadora precisión:

“Es aquella parte de la clase obrera que queda fuera del proceso de producción y socialmente marginada”
(…)
“El lumpenproletariado es extraordinariamente vulnerable y, por ello, es en su seno donde la burguesía ha reclutado la carne de cañón imprescindible para sofocar cualquier rebelión dirigida contra su dominio. La legión de los excluidos no se caracteriza, pues, por su inadaptación, sino por su exceso de adaptación precisamente. Nadie está más aferrado a los valores y símbolos capitalistas que sus primeras víctimas, quienes han padecido en sus carnes con toda crudeza la dialéctica del amo y el esclavo. No se trata sólo de un sector social desclasado sino privado de su conciencia de clase y, en consecuencia, el más expuesto al bombardeo mediático: todas las taras ideológicas de la sociedad actual se manifiestan más acusadamente entre estos desplazados entre los que la burguesía suele reclutar sus fuerzas de choque.”

La “dictadura” venezolana, en aras de no agudizar los enfrentamientos, decidió no forzar la apertura de esos colegios y lo que hizo fue habilitar centros de contingencia, como el Poliedro de Caracas, donde pudieran votar las personas que no tuvieron opción de decidir libremente si hacerlo o no porque, dominados por la “democrática” oposición, en los barrios de clase media o  alta, era materialmente imposible. María Alejandra Díaz profesora de derecho constitucional explicaba en TeleSur como ella había tenido que salir de su barrio a las tres de la mañana para evitar el cierre de las vías y poder votar en uno de esos centros de contingencia. A los que sitúan en la cúspide esa abstracta libertad individual que no existe ¿les parece bien que los chavistas de los barrios pudientes tuvieran que desplazarse a kilómetros de distancia a votar? En los barrios de mayoría chavista no sacaron a los opositores a la fuerza para incrementar el saco de la participación, que, una vez la oposición declino la contienda, era el cogollo del asunto ¿Se imaginan grupos de vecinos en el estado español impidiendo la apertura de colegios electorales y declarando “cerrados” barrios enteros? ¿Lo consentiría el gobierno español o lo consideraría un ataque cuasi terrorista a la sagrada constitución y a las libertades de los “mucho” españoles? Curiosamente, en el referéndum que hizo la oposición, fuera de todo cauce legal, el 16 de julio, ningún chavista impidió a ningún opositor, viviera donde viviera, que fuera al lugar que estimara oportuno a participar en esa consulta que todos los “medios de manipulación masiva” españoles bendijeron como culmen democrático a la par que, esos mismos medios, sin asomo de sonrojo, consideran el referéndum en Cataluña una acción antidemocrática y totalitaria de la Generalitat. El “demócrata” Mariano Rajoy, que sobre un censo de más de 36 millones de electores obtuvo menos de 8 millones de votos (22.5% del censo electoral), ha sido taxativo: “El referéndum no se va a celebrar”. En cambio, el extraño “dictador” Maduro sí permitió la consulta de la oposición.
8.089.320 votos de cuya limpieza desconfían (¡pucherazo!) tanto la oposición como esa comunidad internacional que componen EEUU y sus gobiernos acólitos. Para el asco tres ejemplos bastan. Colombia con sus 7 bases norteamericanas, su incremento en presupuesto militar y un goteo tan inexorable como silenciado de líderes sociales asesinados. México con sus 43 de Ayotzinapa que el españolito medio desconoce porque, desgracia dentro de desgracia, no nacieron en Venezuela. Brasil con el golpista Temer acusando a Maduro, electo con más del 50%, de dictador.  Los díscolos: Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Rusia… Deben formar lo que denominaríamos, con cierta laxitud lingüística, la anticomunidad internacional. Lo que sería a nivel casero la antiespaña de toda la vida. Es apropiado recordar a los teóricos, tanto internos como externos, del puchero, que el CNE controló las elecciones parlamentarias que ganó la oposición en 2015 e incluso los procesos electorales internos de esa oposición cuando ha elegido un candidato único para enfrentar al chavismo. Cada victoria de las fuerzas revolucionarias en Venezuela ha ido acompañada de las fanfarrias mediáticas lanzando a los cuatro vientos la sospecha, insidiosa, de un fraude que, aunque nunca se  demuestre, sirve para apuntalar el concepto con el que los medios trabajan sin descanso: dictadura. Una de esas palabras que sirven para lo que a mí me gusta definir como huída del pensamiento y entrega a una cómoda aquiescencia.

domingo, 30 de julio de 2017

Vida laboral II

Yo era, destino en Marte,
el oficinista de la granja,
el autómata antigualla 
al que dar cuerda cada mañana,
pero se me cruzó 
una idea,
y como el tonto 
tras la cometa,
como aquél al que le susurran al oído
las esencias del mundo,
en veloz cabalgadura bifronte
que nunca se mueve,
la perseguí
con tanta desidia
como empeño.

martes, 25 de julio de 2017

El arte de cocinar héroes o villanos en nuestras mentes

Pienso que la principal baza que tienen los grandes medios para manipular nuestras mentes y crear opinión es su capacidad de conformar la memoria colectiva. Uso que puede ser en sentido masivo o en sentido mínimo y siempre con un fin determinado. Un ejemplo claro del sentido masivo es la catarata de información de los grandes medios sobre el 20 aniversario del asesinato de Miguel A. Blanco, alimentando polémicas que induzcan a la población a pensar que las organizaciones a la izquierda del PSOE, léase Unidos Podemos o los denominados ayuntamientos del cambio, son culpables, más o menos soterradamente, de ser filoetarras. A la inversa, se intenta que no se extinga en la conciencia de la población el sufrimiento, rayano con el heroísmo, de los militantes del PP en el Euskadi. Y como fin último se busca remachar la asociación casi exclusiva del concepto terrorismo a un espacio limitado al separatismo y al yihadismo. En el sentido mínimo, o información que se hurta o sobre la que se pasa de puntillas y queda siempre fuera de foco, podríamos establecer como un ejemplo entre muchos el asesinato en 1976 en Vitoria, a manos de la policía, de cinco trabajadores después de una ensalada de tiros por la que nunca nadie, ningún responsable, fue  llevado al banquillo y mucho menos condenado. Ni siquiera oirán nunca, salvo en ámbitos muy concretos de la izquierda y jamás en los grandes medios, referirse a esos hechos con el concepto que los define: terrorismo de estado. Al menos tan criminal como el de ETA. Con la diferencia, que ya he señalado en otras ocasiones, de que muchos miembros de esa organización ya desarmada han pagado, en conjunto, con al menos centenares de años en la cárcel. Poner un foco nacional y masivo sobre los sucesos de Vitoria significa retirarnos la venda de una Transición que se nos muestra como un plácido y ejemplar paseo, casi una obra de arte que nos llevó de la dictadura a la democracia. Por supuesto, me refiero a lo que nos transmiten los medios que llegan a millones de personas que podríamos denominar informados pasivos. Un apunte: un análisis interesante de este tema lo hace en su recomendable libro “La transición sangrienta”, el periodista Mariano Sánchez Soler.
Dicho lo anterior como visión general, a veces los medios son aún más groseros, casi obscenos, en su afán por estabular nuestro pensamiento.
Retrotráiganse a las huelgas generales convocadas en el estado español. ¿Cuáles han sido las músicas más recurrentes en cada una de ellas? Lo saben. Seguro que sí. Les voy a citar al menos dos que, apenas se vislumbra esa jornada de paro laboral, empiezan a ser repetidas machaconamente. Primero: cada trabajador es libre de ir o no a la huelga. La hipotética sacrosanta libertad individual por encima de todo, de cualquier objetivo colectivo. Segundo: hay que combatir a los piquetes violentos. Surge la otra palabra estigmatizante y que suele poner en fuga muchas neuronas: violencia. Por supuesto, ni un triste foquito alumbra la violencia que puede ejercer la empresa en un país con abundante empleo precario.
Insisto, salvo que estés en la inopia, lo que acabo de exponer es el complemento de cada huelga general. Complemento que suele llevar a muchos huelguistas al banquillo, acusados de ejercer de piquetes violentos o a ser condenado, como le ocurrió al joven Alfon, a 4 años de cárcel por tenencia de una mochila con material explosivo en la jornada de huelga del 14 de noviembre de 2012, en un suceso cuando menos bastante controvertido.
Sitúense ahora en la huelga general del jueves 20 de julio en Venezuela. Para los grandes medios de influencia españoles el éxito ha sido total. Nos enseñan imágenes de zonas con avenidas vacías. Estupendo. El tráfico es uno de los indicadores que generalmente se utilizan, más allá de las inevitables guerras de cifras, para medir el impacto de un paro general. Y en esas avenidas caraqueñas no transita ni un “carro”. El asunto, la trampa, es que los grandes medios españoles no nos muestran como se logra en determinados lugares esa unanimidad huelguística. Sí lo mostró Rusia Today (RT). Nada nuevo bajo el sol: barricadas, con pasquines donde incluso podía leerse un taxativo “no hay paso”, y piquetes. Lo que allí denominan un trancazo de las vías: no entra ni sale nadie hasta nueva orden. Y todo el mundo ¿libremente? a pasar por el aro. Los mismos medios que en el estado español defienden con vehemencia la libertad de no ir a la huelga, esos medios que, como un arma cargada de anestesiante, hablan constantemente de piquetes violentos si usted tira un par de huevos a un esquirol, en Venezuela tienen una visión completamente diferente y se cuidan muchísimo de unir dos palabras que desde el 1 de abril caminan de la mano en ese país: oposición y violencia. El Alfon cuasi terrorista de aquí al que se le niega su condición de preso político, es un heroico resistente allá, como Willy Arteaga, el joven violinista que pone hilo musical a las acciones de guerrilla urbana de sus compañeros, cívica quema de conciudadanos incluida, y que abrió, tras ser herido, en una España donde los héroes siempre lindan con el fascismo, la edición del mediodía del telediario de A3 el domingo 23 de julio. Lo que para los medios tahúres es la oscuridad totalitaria de nuestras siniestras huelgas generales se convierte allende los mares en, nunca mejor dicho, el augurio de un diáfano, griego, “amanecer dorado”.
La próxima huelga general que se convoque en el estado español debería ser extraterritorial, pedir que nos acoja Venezuela para que esa mínima escaramuza que nuestros formadores de opinión consideran aquí inusitada violencia, se convierta, por el arte de la doble vara de medir y el desierto moral, en resistencia.
Nota de frustración: intento con tanto encono como escasa sapiencia quitar este extraño fondo blanco lineal que ya apareció en el anterior texto, pero soy incapaz.

sábado, 22 de julio de 2017

La sinrazón de una circular interna

“En este día de 1.936, oficialmente, se inicia en toda España un alzamiento cívico-militar, en el que participa la mayoría del Ejército. Es un día importante en la historia de nuestra patria que merece ser recordado, para que las generaciones futuras eviten el que se produzcan las circunstancias que propiciaron el enfrentamiento bélico. Los pueblos que olvidan su historia están irremisiblemente condenados a repetirla”.
Bajo el epígrafe “efemérides” el Ejército de Tierra sacó, en una circular interna, el texto arriba reproducido. A pesar de su brevedad creo que tiene enjundia.
En la primera línea destaca el concepto “alzamiento cívico-militar”. Quienes ya transitamos largamente la cincuentena, con el añadido de una temprana politización en una época donde enormes cantidades de futuros demócratas tenían a gala su apoliticismo, tenemos memoria de que el régimen fascista se refería a su efeméride fundacional como “alzamiento nacional”, generalmente antecedido por un, de rigor, “glorioso”. La nación, postrada, casi inerme, se alzaba ante el peligro rojo-separatista. Hoy, 81 años después, han cambiado el “nacional” por el “cívico-militar”. Un cambio que, piénsenlo detenidamente, viene a significar lo mismo pero, lo que a mí me parece un agravante, suavizando las aristas. Unas aristas que, por cierto, chorrean sangre. Nos hurtan las palabras precisas: golpe de estado. O, en su defecto, golpe militar. Claro que había, aunque fuera como adláteres (la Falange, un grupo paramilitar, como fuerza de choque para el trabajo sucio) o financiadores, civiles en la trama conspiratoria que se urdía desde meses antes, desde casi el minuto siguiente del triunfo de febrero del Frente Popular. Civismo, desde luego, no. En otro texto ya recogí la directriz enviada por Mola el 25 de mayo en la que negro sobre blanco, sorprendente por hacer un llamamiento tan descarnado a la matanza, establecía como metodología del golpe la violencia extrema. No pretendo, aunque hayan pasado más de 80 años, que el ejército español, tampoco lo hacen el PP o su epígono Ciudadanos, lo catalogue como una sublevación fascista sostenida por Alemania e Italia, aunque  esto último resulte paradójico en gente que llevaba (y lleva) todo el día colgando la palabra España de la boca. Pero que tengan la honorabilidad de utilizar la expresión “golpe de estado” en lugar de un eufemismo embellecedor. El problema radica en que el ejército actual, milongas para incautos de una OTAN en misión de democratización mundial permanente aparte, es el continuador del ejército vencedor en la Guerra Civil. Y prueba de esto es que, por ejemplo, en marzo de este año el exhumado general Sanjurjo, un bigolpista que se sublevó contra la Segunda República en 1932 y 1936, en ambos casos como jefe de la rebelión, fue trasladado en avión militar desde Pamplona a Melilla y enterrado con honores en el Panteón Militar con la asistencia del Comandante General de la citada ciudad africana, además del presidente (PP) Juan José Imbroda. ¿Con este acto no se incumplió la Ley de Memoria Histórica?
La última parte del comunicado es justificadora del golpe y, lo que tiene tintes más alarmantes, admonitoria: “que las generaciones futuras eviten el que se produzcan las circunstancias que propiciaron el enfrentamiento bélico”, con el añadido de la archiconocida y tenebrosa muletilla: “los pueblos que olvidan su historia están irremisiblemente condenados a repetirla”. Las “circunstancias que propiciaron” la rebelión militar y, fruto de su fracaso en buena parte del estado, el posterior enfrentamiento bélico tienen un nombre concreto: triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero del 36. Al conglomerado formado por una oligarquía extremadamente reaccionaria, que temía especialmente la reanudación de la reforma agraria, por una Iglesia aliada de las clases dominantes y con privilegios seculares, entre ellos un pastoreo de las conciencias que no estaba dispuesta a perder, y por  un ejército reaccionario y baqueteado en la crueldad de las guerras coloniales, empezó a sonarle la alarma y a encendérsele todas las luces (rojas, por supuesto) que significaban el establecimiento de un gobierno reformista (compuesto solo por republicanos) pero que, se supone, estaba dispuesto a alterar el intocable e injusto status social existente. Hagamos un ejercicio imaginativo, bastante imaginativo. ¿Si en una “generación futura” alcanzara el poder una coalición de izquierdas que tuviera el propósito de realizar profundos cambios económicos y sociales que afectaran a la oligarquía española, consideraría nuestro ejército retornadas las “circunstancias que propiciaron” la sublevación militar del 36? ¿Nos considerarían un pueblo “irremisiblemente condenado” a repetir su historia? Yendo por la deriva del humor negro me atrevería a decir que espero que, al menos para cuando toque repetir la historia, la vieja generación de desaparecidos haya sido recuperada de pozos o cunetas… por si “irremisiblemente” hace falta hueco. No olvidemos que aunque un pueblo, por su mala cabeza, sea repetidor (aserto harto discutible), los repetidores, "así tomados de uno en uno", casi nunca son los mismos.
Una última pregunta desde la suspicacia: siendo el ejército español garante de la integridad territorial, ¿tendrá este comunicado interno alguna relación con que en una nación del estado español se haya planteado para el 1 de octubre un referéndum donde se votaría la posibilidad de constituir un estado propio y, lo que a menudo se obvia, republicano?